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DISCOGRAFÍA | CRÍTICAS DISCOGRÁFICAS
LO QUE NOS DICE JONATHAN NOTT

PABLO SÁNCHEZ QUINTEIRO


INTERPRETACIÓN | 9,5
SONIDO | 9
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3ª SINFONÍA
MIHOKO FUJIMURA
KNABEN DES BAMBERGER DOMCHORES
DAMEN DES CHORES DER BAMBERGER SYMPHONIKER
BAMBERGER SYMPHONIKER
JONATHAN NOTT

TUDOR 7170
2 SACD | 104.14 (34.45 / 10.07 / 17.48 / 11.03 / 4.26 / 25.56)
25-30/V/2010

El doble aniversario mahleriano no sólo ha permitido que ciclos discográficos tan significados como los de David Zinman, Valery Gergiev, Michael Tilson Thomas y Pierre Boulez llegasen hasta buen puerto sino que además ha impulsado decididamente otros que podrían haber visto en peligro su andadura en estos tiempos de apatía en la industria discográfica. Un ejemplo de esto último lo constituye el ciclo de Jonathan Nott con su Bamberger Symphoniker editado por la casa suiza Tudor. Tras un tímido arranque las entregas se han sucedido a muy buen ritmo de tal forma que únicamente restan por ser editadas las sinfonías Sexta, Séptima y Octava, más La canción de la tierra.

Hasta el momento el balance global de este ciclo Nott es excelente. Obviamente los resultados no son plenamente exitosos pero resulta difícil pensar en un ciclo en el que todas las sinfonías satisfagan plenamente. Personalmente estoy disfrutando cada entrega del ciclo por lo esmerado de las interpretaciones, la calidad de las tomas de sonido y muy especialmente por la singular aportación que este director ¡todavía en sus cuarenta! está brindando a la discografía mahleriana. De hecho a mi juicio Jonathan Nott –una figura bien alejada del director estrella o mediático- se está convirtiendo en el protagonista del ciclo, presentando todas y cada una de las sinfonías desde una perspectiva novedosa. Este planteamiento de Nott no responde al prurito de ser moderno a cualquier precio sino a un proceso de evolución natural en la interpretación mahleriana, la cual -tras haber alcanzado una espléndida madurez- inevitablemente ha de plantearse nuevas metas.

Esta Tercera que aquí abordo -recién lanzada al mercado- no sólo representa una soberbia interpretación sino además un hito en la discografía de la obra. Entusiasmado con ella he tomado el testigo de nuestro amigo y colaborador en estas páginas Rolando Moreno quien ya nos ha ofrecido dos excelentes y amenas reseñas de este ciclo: Novena y Segunda. En ellas se reflejan detalladamente las muchas virtudes y alguna que otra flaqueza del Mahler de Nott; altos y bajos presentes en esta interpretación de la Tercera, pero que pasan a un segundo plano ante la grandeza global de esta lectura.

La Tercera constituye junto a su predecesora, a juicio de muchos comentaristas, una de las creaciones sinfónicas mahlerianas menos abstractas. A pesar de lo adimensional de su discurso, de la magnitud y pluralidad de los medios musicales empleados, de la diversidad de recursos lingüísticos exhibidos y de la naturaleza panteística de su inspiración, la evidencia de un hilo conductor definido hacen de ella una obra que virtualmente se auto-explica. No sólo está claro hacia dónde nos ha de llevar el discurso musical sino también de que manera hay que llevarlo a su fin. Desde los inicios de la interpretación mahleriana la meta de los directores ha sido el poner en pié la arquitectura colosal de la obra salvando con el mayor éxito posible los retos técnicos y musicales que su complejidad plantea. Tan sólo directores caracterizados por dejar una personalísima huella en sus interpretaciones -Bernstein, Levine, Sinopoli, por ejemplo- se han desviado de esta premisas ofreciendo interpretaciones muy individuales, claramente marcadas por su sello personal.

Al margen de estas ilustres y polémicas excepciones, han sido necesarias décadas de interpretación de la obra para que los directores se hayan realmente propuesto el ir más allá de recrear de forma literal la épica de la obra adentrándose en la exploración de una dialéctica más abstracta, mucho menos evidente. Así sólo en los últimos años han surgido versiones que no sólo son técnicamente deslumbrantes, sino que profundizan en la partitura de una forma tan novedosa que en cierto modo conmueven la concepción tradicional de este abrumador fresco mahleriano. Un ejemplo de esto, ya clásico en la discografía de la obra, lo constituye la grabación de Salonen con la Filarmónica de Los Ángeles, una lectura sobria, austera, inquietante, pero también la más reciente de Zinman en la que éste intenta despojar a la sinfonía de todas las envolturas accesorias que el paso del tiempo ha ido acumulando sobre su esencia. En este proceso enmarco decididamente esta nueva Tercera de Jonathan Nott. Éste, desde un profundo respeto a la partitura, plantea en cada movimiento interrogantes nuevos, en ocasiones inquietantes, en otros reveladores.

Si considero que esta aportación constituye un hito en la discografía de la obra, no lo hago por atribuirle una pretendida perfección –pues técnicamente no está exenta de crítica- ni por pretender ubicarla en una especie de absurdo olimpo del estilo de lo que a menudo se llama “versión de referencia”, ni por supuesto porque considere a esta versión “mejor” que otras sino simple y llanamente por la forma en que Nott abre un nuevo camino en un árbol de grabaciones de la obra que hasta el momento se había caracterizado por el calibre de su tronco pero por lo limitado de las ramas que nacen de él.

Obviamente Nott es el artífice de este giro pero también es cierto que éste no hubiese sido posible sin el paso de tiempo. Estamos ante el fruto de una evolución que se produce tras 60 años de grabaciones discográficas de la obra. Y es que resulta difícil pensar en alguna ilustre batuta del pasado que estuviese en las condiciones de presentarnos la obra de una forma tan paradójica pero a la vez tan moderna. Únicamente haciendo un ejercicio de Mahler-ficción plantearía que una Tercera de la mano de un genio tan individual y alternativo como Otto Klemperer podría haber dado este giro de timón. Por desgracia, aunque Klemperer descubrió la Tercera de la mano del propio Mahler cuando éste la dirigió en Berlín en 1907 –interpretación en la que el hamburgués se hizo cargo de la banda “offstage”- la obra no le impresionó tanto como otras partituras mahlerianas hasta el punto que nunca llegó a dirigirla.

Para seguir ahondando en las virtudes genéricas de esta nueva versión es obligado añadir que Nott dispone de un instrumento de gran nivel en plena sintonía con su dirección y que la toma de sonido del SACD, no sólo es excelente sino que además aporta un punto de originalidad. Se prima una acústica resonante que aunque va en ligero detrimento de la definición sonora refuerza la sensación de impacto y de realismo. El hecho de ser grabación en vivo –aunque en base a ensayos y concierto- no deja de sorprender y es por supuesto un valor añadido. La presentación de Tudor es tan atractiva como es habitual pero se echa en falta mención expresa de los dos solistas claves en la obra, el trombón Angelos Kritikos y el Posthorn Markus Mester.

Haciendo el habitual recorrido por la interpretación es necesario advertir que el primer movimiento es sin duda el más problemático para el oyente pues Nott no hace una lectura fácil o previsible de este épico fresco sinfónico. Al contrario, es la suya una visión introvertida, incluso misantrópica. Es muy fácil caracterizarla: máximo control y contención la definen. Sostener desde estas premisas este dilatado primer movimiento es casi una misión imposible y Nott da la sensación de moverse siempre al borde del abismo. Esto realmente será una constante para toda la interpretación pero tras repetidas escuchas sólo en este movimiento me surgen dudas acerca de este planteamiento.

La fanfarria inicial sobria da paso tras una sintética transición a un despertar de las fuerzas de la naturaleza en él que estas se muestran algo más domesticadas de lo habitual. Nott evita tensiones excesivas a la vez que dilata el discurso al máximo configurando en estas primeras páginas una lectura un tanto grandilocuente, pero sin caer nunca en la acepción peyorativa del término. Esta sobriedad se evidencia en el primer solo de trombón, técnicamente magnífico, pero emocionalmente distante. La entrada marcial del verano aunque inevitablemente animada es también paradójica; Nott sustituye el control por un extraño ímpetu, por no decir violencia. Desde luego el desfile del verano no recuerda a las habituales lecturas bucólicas. La llegada del segundo solo de trombón reafirma esta contención como también el solo de violín justo antes del tormentoso colapso en la cuerda grave.

Este tono apático resultará sin duda chocante a muchos. El nuevo colapso del movimiento, poderoso pero a la vez contenido, no desentona en absoluto; sí lo haría en versiones más extrovertidas. Curiosamente desde la reexposición de la fanfarria inicial la lectura coge un impulso y sobre todo una fuerza que hasta el momento han estado ausente. La enérgica y sucinta conclusión lanza un gran interrogante en el aire que necesariamente sólo puede ser resuelto con sucesivas escuchas. No me sorprendería que muchos no las abordasen ¿Para qué contraponer la tan enraizada luminosa y optimista visión de este movimiento con planteamientos más inquietantes?

En el segundo movimiento Nott aplica una contención similar, bastante atípica en este movimiento, aunque no sin precedentes. Pero mientras el primer movimiento parece resentirse por el control aplicado por Nott aquí el resultado es mucho más atractivo y sugerente. No nos encontramos ante una lectura decadente o nostálgica, sino ante un reflexivo despliegue de contención y sutileza; un perfecto contrapunto a este exuberante escenario. La única pega es que la connotación mahleriana grazioso no se ve plenamente representada. El etwas bewegter -en este caso efectivamente bewegter- da paso a un elegante desarrollo orquestal que conduce a un hermosísimamente fraseado y lánguidamente expuesto tema efusivo (4’23”). Las sucesivas secciones orquestales son recreadas a un tiempo más canónico pero siempre con un deje introspectivo fascinante. Así el retorno del segundo tema Wieder etwas bewegter es en esta ocasión apreciablemente más vivo. Es interesante insistir en que no se trata de una lectura otoñal monocroma. Al contrario, Nott explota la variedad de registros que configuran este –en palabras de Mahler- “rumor de la naturaleza”. Con un final sutil, refinado, punzantemente lánguido cierra Nott una gran lectura de este movimiento.

También peculiarísimo y muy interesante el tercer movimiento que se inicia de forma serena aunque con garbo. Desde un primer momento Nott imprime una evidente y atípica reticencia que una vez más reemplaza la concepción naturalista habitual por un enfoque expresionista, muy ambiguo. Progresivamente el movimiento gana en energía sobre todo con la brusca aparición de la marcha la cual presagia un clímax sehr breit und züruckhaltend azaroso y crispado. Nott crea una atmósfera inquietante muy alejada de las domesticadas visiones habituales. Atávica resulta la transición al solo de violín y de éste al de Posthorn –éste es el instrumento empleado en la grabación aunque en las notas no se aclara en ningún momento- claramente in die Ferne. En este sentido es curioso ¡cómo se escucha mejor el acompañamiento del Posthorn que el propio instrumento! Como decíamos en la introducción la reverberancia de la toma de sonido nos hace perder definición pero ganar en realismo. Interpretativamente el solo no resulta en absoluto bucólico ni idílico sino desesperanzado, de una soledad –nunca mejor dicho- punzante ¡Difícil no pensar en un soliloquio del camarada errante!

El interludio orquestal supone una respuesta airada y rabiosa al canto lamentoso del fahrenden Gesellen. Esta rabia estalla definitivamente en la intervención final de los trombones los cuales despliegan una energía sobrecogedora. La conclusión es sin embargo conducida a un tiempo lento, solemne -tras un inicio del crescendo con un marcado retardando- que deja al oyente abrumado pero a la vez perplejo.

El Ah Mensch cuenta con la participación de la mezzo japonesa radicada en Munich Mihoko Fujimura, habitual en Bayreuth y conocida por los seguidores de la discografía mahleriana por su Segunda con Fabio Luisi o su Das Lied von der Erde con Christoph Arming. Aunque no es una cantante de voz especialmente tief sí aporta un atractivo timbre cálido además de una facilidad en los registros más agudos. Impecables su fraseo y musicalidad, es sin duda una interesante elección.

Nott en este caso rehúye un planteamiento estático. Ya desde el mismísimo arranque se muestra más incisivo y menos contemplativo de lo habitual. La orquesta está excelente, tanto las trompas en su difícil cobertura armónica como el oboe que nos ofrece unos excelentes Hinaufziehen en absoluto histriónicos. El clímax orquestal, muy denso, se ve favorecido por la acústica resonante. En la sección lírica, para algunos evocadora de célebres habaneras, para otros inspiración del Yesterday, para mi simplemente una evolución del segundo tema del final de la Titán, Nott se muestra por vez primera extrovertidamente lírico; lirismo que se transforma en abandono en clímax.

Si la grabación hasta el momento no había dejado de sorprender, la llegada del Es sungen drei engel –tantas veces un trámite, para algunos incluso superfluo en el magno conjunto de la obra- en esta versión adquiere un significado y una dimensión fascinante. Es bien conocida la implicación de Nott desde su infancia con la música coral, ni más ni menos que con la importante escuela coral británica. Semejantes principios no pueden caer en saco roto y efectivamente el director hace una lectura de este breve movimiento que lo dignifica y ensalza a niveles que nunca antes había apreciado.

Dinámicas apuradas al máximo, matices en el canto coral escuchados en pocas interpretaciones y una intensidad expresiva extrema ponen en solfa a la visión tradicional naive y celestial de este coro de ángeles. El punzante y lento solo de Fujimura es a su vez una resignada plegaria en la que la voz imprime una reticencia infrecuente. Para completar este variopinto mosaico la sección orquestal resulta amenazadoramente siniestra. La interpretación de este breve movimiento transparenta un intenso trabajo, realmente infrecuente.

Dicho todo lo anterior, la gran prueba de fuego de esta obra es con diferencia el Langsam final, movimiento cimero en la producción mahleriana del que tantas veces hemos dicho depende de forma crucial el éxito o el fracaso de cualquier grabación de la obra. No es necesario en esta ocasión hacer una descripción exhaustiva; el recorrido por los movimientos anteriores presagia una lectura que por supuesta estará alejada del triunfalismo de un Mehta, del romanticismo de un Bernstein, de la asepsia de un Boulez, del estatismo de un Maazel o incluso de la gelidez de Salonen -y así podríamos seguir con un largo etcétera-. Nott hace una recreación tremendamente individual, a mi juicio apenas sin referencias, en la que los adjetivos de esta lista están ausentes en mayor o menor grado. Levedad, contención, sobriedad, resignación, pero a la vez pasión, nobleza, grandeza, afirmación serena... Me resulta difícil caracterizarla, pero desde luego invito al disfrute de esta interpretación.

Se inicia de forma un tanto severa, introspectiva, en absoluto romántica. La levedad que aplica Nott no está exenta de sutileza como por ejemplo la entrada del oboe etérea y sugerente o los espasmos orquestales que preceden al retorno del Tempo I. Éste es nuevamente muy lento y leve. Nott construye un crescendo dilatado y ácido en el que las sucesivas intervenciones orquestales, por ejemplo los chelos wagnerianos, resultan emocionantes en su desnudez, en su rechazo a cualquier manierismo. Nott consigue el reto de todas las lecturas de este Langsam que se mueven en la parte lenta del espectro; no se le cae el discurso. El crescendo bruckneriano sehr leidenschaftlich, noch bewegter tras la intervención de la trompeta rehúye la grandilocuencia de tantísimas versiones, hasta el punto que la contención es máxima hasta la angustiosa llegada de la shostakovichiana trompeta (17’18”) que evoca al desgarrador primer tema del final de la primera. El colapso del discurso (18’17”) como también el solo flauta en pianissimo resultan de un sobrecogimiento casi religioso. El coral final del metal se inicia de forma lenta y sobria para conducir al climax straussiano que en principio resulta anti climático pero ya desde la entrada del platillo resulta afirmativo, pero no una afirmación triunfal sino reflexiva, serena, hasta cierto punto ambigua. Un dilatadísimo calderón final de diez segundos de duración corona una coda no triunfal, simplemente sobrecogedora.

Y hasta aquí esta calurosa bienvenida a esta extraordinaria nueva versión de la Tercera. Es mucho lo que en ella nos dice Nott sobre la obra pero no menos importante es la forma en como lo dice.

27-VIII-2011

© gustav-mahler.es