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CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS
SALZBURG · 21/AGOSTO/2013 · GROSSES FESTSPIELHAUS

JOSÉ MANUEL DE ARRIBA


6ª SINFONÍA
SWR SINFONIE ORCHESTER BADEN-BADEN UND FREIBURG
MICHAEL GIELEN

Quienes no hayan estado en Salzburgo y precisamente durante el Festival –este año entre el 19 de julio y el 1 de septiembre- no pueden entender el febril ambiente que se vive en esta ciudad durante esas fechas. Es absolutamente alucinante ver la enorme cantidad de conciertos programados, la marea humana internacional que se desplaza por todos los rincones: se respira música! Si además le unimos a esto la monumentalidad del lugar, el colorido de los trajes regionales, la pomposidad de las galas, joyas, coches espectaculares, en fin, el “glamour” con el que adornan el Festival, tenemos un cóctel perfecto para pensar que estamos asistiendo a un gran acontecimiento. Y, por si fuera poco, hacía un tiempo estupendo!

En la sala de conciertos, lleno casi absoluto. Primero intervino el director del Festival para hacer una defensa del mantenimiento de la SWR independiente, ya que se ciernen negros nubarrones sobre su existencia. Muchos aplausos del público presente, más que merecidos. Cuando Gielen salió al escenario los aplausos se hicieron aun más audibles mostrando el enorme respeto que este octagenario director inspira. Gielen había dispuesto la cuerda de manera inversa a lo normal, es decir contrabajos y cellos a la izquierda. La percusión estaba repartida de izquierda a centro, las maderas en el centro y los metales a la derecha. En este caso Gielen optó (como ha hecho últimamente) por la versión Andante-Scherzo, versión de la que personalmente no soy adepto pero que encajó perfectamente en la visión que imprimió a la partitura.

El Allegro energico ma non troppo lo convirtió Gielen en una especie de Andante pesante, estilo Barbirolli. Esta desaceleración del tempo consigue hacer del tema de marcha algo machacón, despojándole del efecto arrebatador que para mí es consustancial a este movimiento: te debe coger del pescuezo y no soltarte hasta el final. No, no fue esta la visión de Gielen, porque él se decantó hacia el detalle, casi la virtuosidad instrumental. El tema de Alma compensaba la machaconería del tema principal, brillando su belleza aun más que en versiones más rápidas. En el desarrollo posterior, la xilofonista pudo así lucirse y otorgar aun más importancia a su instrumento, tanto en este movimiento como en el resto de la sinfonía. Otro detalle importante fue la atención que Gielen dio a las intervenciones de los cencerros –ahora detrás del escenario- logrando crear una atmósfera de oasis en el desierto maravillosa. La orquesta sonó compacta y al mismo tiempo detallada. Tan sólo hubo algún desafine en los metales, pero nada que distrajera de la interpretación total. Gielen, a diferencia de Barbirolli, mantuvo el pulso absolutamente hasta el final, sin ninguna concesión “a la galería”. Aun así, el final del movimiento fue de una explosividad que, por ejemplo, Tilson-Thomas no consiguió en su interpretación en Bruselas del año pasado. El aparente optimismo desbordante con el que el movimiento concluye quedó bestialmente ensombrecido por el tempo y esa caída al abismo del último compás: brutal el eco final!

El maravilloso Andante, convertido en casi Adagio por Gielen, sonó ensoñador donde debía serlo y arrebatador en los momentos culminantes. Pero sobre todo este Andante tuvo una tensión extraordinaria: carne de gallina en ese tutti orquestal con los cencerros sonando dentro del escenario y distribuidos entre distintos percusionistas –magnífico efecto!!!-. Y muy bien el efecto desintegrante con el que termina el movimiento.

El Scherzo siguió la pauta de los anteriores movimientos, con Gielen aplicando ritardandos para el que escribe excesivos pero que le dieron un carácter más fantasmagórico, de hecho recordándome una relativamente reciente Séptima del mismo Gielen. El intermedio tranquilo sonó muy civilizado, casi barroco. De esta manera el lucimiento de estos extraordinarios instrumentistas fue total, mención especial una vez más a la xilofonista, la cuerda (envolvente) y las maderas en general. Preciosos diálogos orquestales y conclusión de los timbales preparando el terrible Finale.

El Finale enlazó perfectamente con el Scherzo manteniendo su carácter fantasmagórico. Las arpas sonaron enormemente punzantes, como cuchillos. Gran intervención de tuba, contrafagot, celesta. Y entonces, después de unos atronadores golpes de timbal, el ritmo se aceleró al nivel normal. Eso sí, manteniendo la lógica de una interpretación casi granítica. Las arpas, para mi gusto, no destacaron mucho siendo un instrumento que Mahler utiliza de una forma muy original. El mazazo del martillo sonó con la sequedad y contundencia que Mahler hubiera deseado. La unión con el siguiente tema fue fluida, el intento desesperado de escapar del destino cruel quedó más que patente en esa especie de carrera loca a la que la orquesta se lanza, por supuesto manteniendo Gielen las riendas bien tensas. Después del segundo mazazo, la intensidad fue bestial rebasando los límites que cualquier oído sensible puede resistir. Los cencerros, nuevamente fuera del escenario, y las celestas ofrecieron el nexo de unión con el movimiento inicial de una manera desesperada. La carrera final hacia el abismo fue tan espeluzante como jamás había escuchado en directo. Menudo clímax final con los 4 platillos al unísono!!! El clima atonal de Schoenberg quedó patente en la intención de Gielen, pero la derrota total transmitida por timbales y cuerdas bajas fue la guinda a tan excelsa interpretación. Silencio total en la sala, interrumpido algunos segundos después por un Bravo fuera de tono. Los aplausos duraron unos 10’ y los músicos dejaron que Gielen –que dirigió sentado- recibiera la mayor parte de ellos.

La obra tuvo una duración de alrededor de 1h35’.

© gustav-mahler.es