En la hermosa catedral de St-Baafs de Gante nos disponíamos a disfrutar de un gran concierto, puesto que tanto intérpretes como programa así lo hacían prever. No estábamos en el lugar ideal –dada la acústica, que luego comentaré-, en un lateral del escenario al lado de los violines y la percusión.
Abrió el programa la obertura de la ópera Oberón de Weber, música redonda y agradable que nos dio la oportunidad de apreciar la magnífica calidad de la BBC Symphony Orchestra y un director, Sylvain Cambreling, muy detallista y amante del buen fraseo, pero sin caer en una interpretación plana de la obra. Sin embargo, la mala acústica del edificio nos dio el primer aviso: unas cuerdas algo neblinosas y una difuminación de los tutti entre las altas columnas, que sobre todo en Mahler iba a restar algunos puntos a la valoración total.
El estreno en Bélgica del concierto para violín “Still” de la compositora Rebecca Saunders resultó una muy grata sorpresa, a pesar de que el público asistente no parecía en absoluto interesado en la modernidad propuesta. Y, esta vez, la acústica sí que benefició a la obra pues la hizo aun más fantasmagórica y aterradora de lo que por sí era. Violín, percusión y piano (sorprendente uso de este instrumento) llevan la voz cantante en una obra que destila dramatismo (será por esto que la compositora quería estrenarla junto a una obra de Mahler?). Una primera parte en la que se nos plantea un verdadero ataque aéreo, un bombardeo cada vez más violento, el caos absoluto. Después viene una parte misteriosa, lúgrube y lamentosa para terminar en un intento (vano) de encontrar la calma. Extraordinaria interpretación de la violinista Carolin Widmann, consiguiendo sacar el máximo de tan difícil partitura.
Y así llegábamos al plato fuerte de la noche: la Cuarta.
Desde los primeros cascabeles y el tema haydniano se pudo apreciar el objetivo de Cambreling: claridad, tempo “media marcha” menos que en muchas otras versiones y una enorme sensibilidad. La orquesta sonó muy bien empastada, con todas las secciones rayando a una gran altura. Lástima de la acústica que restó color e intensidad, sobre todo a las cuerdas! A pesar de ello, un precioso y preciso primer movimiento, con especial mención al perfecto equilibrio entre los pasajes tranquilos y el dramatismo de los tutti –aparte de una pifia del trompeta en el momento cumbre del clímax, pero que no restó valor al conjunto-. Cambreling consiguió sacar de la orquesta todo el lirismo que destila esta música.
El segundo movimiento nos ofreció un vals realmente diabólico pero interpretado con gracia. Aquí la peculiar acústica de la catedral fue más bien un aliado que ayudó a realzar la sensación de “más allá”, de habitar otras esferas no terrenas. Magnífica sección central, ensoñadora. Preciosas secciones de maderas, arpa y cuerdas: qué sutilidad! Especial mención al concertino Andrew Haveron y al trompa Nicholas Korth: lo bordaron!
El Ruhevoll no podía ser más que la confirmación de todo lo anterior. Y vaya si lo fue! Nada más sonar las primeras notas entramos en otro mundo (en trance y sin drogas...): celestial y melancólico a la vez. La delicadeza de este movimiento sonó de tal manera que parecía como cogido con un hilo de seda, en cualquier momento podía romperse. No, en absoluto trató Cambreling de exagerar sino que mantuvo el hilo bien tenso hasta el final, incluído claro el clímax anunciado por los timbales: excelso! Y así, sin espasmos pero sin dejar el aire de ensoñación, llegamos de forma natural al último movimiento Das himmlische Leben. No exagero un ápice: belleza pura de muchos quilates!
Y llegó la resolución de la sinfonía, ahí donde hasta ahora nunca había quedado satisfecho en mis Cuartas en directo. Esta vez (casi) todo encajó a la perfección: orquesta y voz lograron el difícil equilibrio magistralmente, con una Sarah Jane Brandon (soprano sudafricana) espectacular! El (casi) es –de nuevo- para la acústica, que ahogó en exceso tan magnífica interpretación. Sí, una voz potente pero también frágil e inocente, para transportarnos al idílico paraíso donde sólo hay abundancia y felicidad. “No hay música que se pueda comparar con la nuestra...” Una obra maestra en manos de orfebres, eso es lo que estos músicos nos ofrecieron.
Una intensa y merecida ovación cerró esta velada (casi) paradisíaca.