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CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS
LONDON · 07/AGOSTO/2011 · ROYAL ALBERT HALL · PROM 32

MARK BERRY


DAS KLAGENDE LIED
MELANIE DIENER
ANNA LARSSON
STUART SKELTON
CHRISTOPHER PURVES
BBC SINGERS
BBC SYMPHONY ORCHESTRA
EDWARD GARDNER

(+ BRAHMS: VIOLINKONZERT OP. 77)

El Concierto para violín de Brahms y el Das klagende Lied de Mahler no parecían los más obvios compañeros de programa –en este sentido este año la programación en los Proms ha tenido ejemplos bastante peculiares– hasta el punto que tras una amplia consideración la única conexión real que pude intuir entre ambas obras fue el hecho de que las dos fuesen escritas al mismo tiempo: el concierto en 1878, la cantata entre 1878 y 1880. Sea como fuere, Christian Teztlaff hizo una refinada recreación de la primera obra aunque no siempre estuvo a la par la dirección de Edward Gardner, la cual, aunque de forma general fue intachable –no siempre se puede decir lo mismo- no resultó especialmente profunda. La BBC Symphony Orchestra estuvo en general a un buen nivel, aunque no infalible, siendo su contribución al primer movimiento más lírica que fogosa. (Un teléfono móvil aportó una inesperada interrupción durante la primera exposición.)

La contribución de Teztlaff fue intensa, ferozmente dramática y sin el mínimo titubeo en la entonación. La cadenza (de Joachim) aportó intimismo y dirección. El arranque de la subsiguiente coda resultó espléndidamente otoñal aunque su conclusión fue claramente acelerada por Gardner. Aplausos inoportunos preludiaron un movimiento lento en el que Tetzlaff actuó entre sus compañeros de serenata como uno más -aunque destacado-. El espíritu de Mozart estaba indiscutiblemente presente. Aunque los solos iniciales de la madera, especialmente Richard Simpson en el oboe, fueron bien llevados, tuve la sensación de que podrían haber sido cantados con más libertad si Gardner no los hubiese constreñido tanto. Es una crítica menor pues el dulce sonido de Tetzlaff aseguró que las cuerdas empastasen perfectamente allá donde fuese necesario, sin la mínima sensación de artificialidad o tensión. Al balance positivo de Gardner hay que añadir el que mantuviese al público controlado durante la breve pausa antes del final. En él los ritmos fueron perfectamente marcados aunque hubo momentos en que la orquesta sonó algo acelerada. La musicalidad y el virtuosismo de Tetzlaff quedaron fuera de toda duda; estaría bien escucharlo en este concierto con otra batuta brahmsiana más experimentada, tal como Bernard Haitink, Kurt Masur, o Sir Colin Davis. No menos extraordinaria fue su centrada, profunda y enormemente expresiva propina de la Gavotte en rondeaux de la Partita en mi mayor de Bach. Una vez más un instrumento parecía proyectar en su soledad un mejor sonido que una típica orquesta sinfónica: el eterno problema acústico del Royal Albert Hall.

Gardner dio a luz una interpretación de Das klagende Lied más ‘operística’ que beneficiosa para la obra. O dicho de otra manera; se concentró en resaltar ciertos “incidentes” del texto y en crear artificialmente excitación a base de estallidos y pausas sucesivas que recordaron a Sir Georg Solti (aunque no estoy seguro de que Solti dirigiese esta obra concreta). Al menos sin embargo, pudimos escuchar cuerdas impregnadas de vibrato, un respiro tras la película de terror de Sir Roger Norrington y su reciente Novena Sinfonía. La introducción orquestal a Waldmärchen fue en su inicio algo reticente para a continuación, como para compensar, desarrollarse con enorme fiereza. Eventualmente se calmó, aunque no el movimiento en su globalidad. La segunda estrofa, aunque vocalmente bien presentada, orquestalmente resultó pesadísima, con un Gardner aparentemente incapaz de aligerar el tiempo. Un metal inseguro lastró la entrada de los hermanos en el bosque, aunque el tenor Stuart Skelton ofreció una imagen coherente del Mahler compositor de baladas. Cuando durante los dos párrafos finales la herencia wagneriana de Mahler –¡Gardner hasta entonces parecía empeñado en hacer sonar al compositor lo más próximo posible a Verdi!– se hizo por fin evidente, tanto por la armonía, la instrumentación y la línea de canto, la sensación era de demasiado poco y demasiado tarde. Anna Larsson, sustituta de última hora para Ekaterina Gubanova, aportó sin embargo su maravilloso y rico color de mezzo.

En la introducción a Der Spielmann anticipos de la Primera y Segunda sinfonías se hicieron evidentes -¡No podía ser de otra manera!– pero en las manos de Gardner, el fraseo resultó innecesariamente cuadriculado. Christopher Purves, sin embargo, se mostró apropiadamente plañidero en Dort ist’s so lind und voll von Duft, als ging ein Weinen durch die Luft!, incluso aunque el tiempo ahora resultaba claramente distendido. La primera entrada de la banda off-stage sonó espléndida, pero Gardner intentó –fallidamente– mantenerla conjuntada con la orquesta principal. Felizmente en sucesivas ocasiones no se repitió este problema. Los tiempos aquí y en el final Hochzeitsstück derivaron hacia lo comatoso, intercalados sin embargo y en compensación con pasajes vertiginosos.

Lo que debería haber sido una lectura decidida propia de la sorprendente ambición y calidad de esta obra juvenil se limitó a diluirse. (Los aplausos aparecieron nuevamente entre el segundo y el tercer movimiento.) La dicción coral fue muy buena en todo momento, aunque no hubiese estado de más tener un coro más amplio. Las voces agudas resultaron conmovedoras en su fragilidad, ayudando a probar que es esta versión original de Das klagende Lied la que debe ser interpretada. No puedo entender la afirmación de David Matthews en las notas al programa de que la versión revisada es “indiscutiblemente más compacta y efectiva”. Si el resultado fue anoche fue en parte letárgica esto fue responsabilidad de la interpretación de Gardner y no de la propia obra, la cual es mucho mejor de lo que el público puede haber sido inducido a creer.

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