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CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS
LONDON · 04/AGOSTO/2010 · ROYAL ALBERT HALL · PROM 24

MARK BERRY

Proms 2010
3ª SINFONÍA
KAREN CARGILL
EDINBURGH FESTIVAL CHORUS
ROYAL SCOTTISH NATIONAL ORCHESTRA JUNIOR CHORUS
BBC SCOTTISH SYMPHONY ORCHESTRA
DONALD RUNNICLES

¡No dejan de llegar! Incluso el ritmo se incrementará el próximo año. Pero difícilmente uno puede criticar la cantidad de interpretaciones mahlerianas cuando hace el esfuerzo de acudir a un buen número de ellas. Lo que ya considero injustificado es el alto número de interpretaciones prescindibles, interpretaciones que no tienen nada que decir. (Conocemos todos un buen número de ellas, mejor no dar nombres…) ¿Caerían Donald Runnicles y sus músicos escoceses en esta categoría? Parecía improbable.

Y así el primer movimiento entró en escena sin ningún atisbo de superfluidad; incisivo, con un intenso metal wagneriano y un misterioso timbal. Uno sentía como la música de Mahler emergía de las profundidades. Los chelos de la BBC Scottish Symphony Orchestra desplegaron un ataque casi ideal al mismo tiempo que una densa sonoridad, mientras que las trompetas sonaron casi militaristas. El sentimiento de despertar primitivo complementado por los trombones, se movía con la fuerza de plazas tectónicas. Algo se estaba concretando; algo nada arbitrario pero todavía indefinible. Y en este punto emerge una fantástica música de marcha de dimensiones ambivalentes: por un lado mirando hacia el pasado romántico, por otro hacia el porvenir, a la segunda escuela de Viena. No sorprende que Schoenberg reaccionara con tanto entusiasmo en la primera interpretación vienesa de 1904, ensalzando la revelación de un ser humano, de un drama verdadero ¡implacablemente verdadero! Runnicles se aseguró de que el lugar de la Tercera Sinfonía en la gran progresión sinfónica mahleriana se hacía palpable: ecos de la muerte y resurrección de su predecesora oportunamente ponían en tela de juicio la trivialidad de la marcha pero sin llegar a negarla totalmente. El sentido de la dirección más que minimizar intensificó esos extraños momentos calma metafísica que habitan el corazón de la música de Mahler. En estos pasajes así como en otros muchos momentos de la interpretación fue digna de ser destacada la participación del concertino invitado Marcia Crayford.

Aunque el viento-madera de la BBC SSO en ocasiones sonaba algo blando, no debo olvidar las siniestras marionetas evocadas por los clarinetes: maravillosamente sardónicas, evocadoras de una banda alpina on acid. El desarrollo concluyó con un sofisticado primitivismo que anticipaba La consagración de la primavera, una sugerencia inesperada y provocadora. A continuación la recapitulación recapituló convenientemente pero su material –una vez más con acierto- sonaba renovado, presintiendo la paz nietzscheana del cuarto movimiento (a pesar de una interrupción telefónica).

En la marcha final se impuso la alegría pero con reticencias; en consonancia pues con el viaje precedente. Los aplausos al final del movimiento fueron criticables pero todavía lo fueron más –incluso para este público- los que hubo con la entrada de la solista Karen Cargill un poco más tarde.

Un cálido y vivaracho segundo movimiento permitió que las cuerdas brillasen. (¡Qué diferente de la pobre imagen de la BBC Symphony Orchestra bajo el apagado Jiri Belohlávek en la primera noche con la Octava de Mahler!). Crucialmente, Runnicles impartió una bien asentada dirección armónica y un convincente pero nada exagerado rubato. El inicio del tercer movimiento, ligeramente rítmico, fue igualmente encantador aunque Runnicles no enfatizó el provocador acompañamiento. Sin embargo las secciones subsiguientes se hubiesen beneficiado de una mayor flexibilidad pues la sensación fue que estos compases eran sólo una transición hacia el siguiente movimiento. La entrada del postillón fue nuevamente arrebatadora con su hermoso ensoñamiento en medio de una narrativa tan dramática. Los ecos del Wunderhorn fueron hermosos, claros y coherentes. Hubo algunos momentos de desajuste orquestal pero en ningún caso decisivos.

En medio de las toses y con una persona en el patio de butacas no solo recibiendo sino también haciendo una llamada telefónica el misterio de Zarathustra fue avanzando en el movimiento “O Mensch!”. La dicción de Cargill fue magnífica y su voz se proyectó con una profundidad maravillosa. Se nos ahorró el tan de moda glissando en el hinaufziehen, pero el oboe sonó algo plano, carente de misterio. Sin embargo el violín solo de Crayford fue emocionante, recordando al eco de un obligato bachiano. En el quinto movimiento el canto fue inspirado y de nuevo la dicción resultó muy buena. Runnicles desplazó la música entre el sueño y la pesadilla con una contribución del metal algo gruñona pero sin dejar de ser de cuento de hadas. Sin embargo hubo una seria limitación: el uso de voces mayoritariamente femeninas, con muy pocos chicos participando. No es que ellas lo hiciesen nada mal pero existe un mundo aparte entre el sonido de las chicas y el de los chicos –y este movimiento necesita ecos de Tölz o de Viena, o mejor todavía, de lo realmente buscado por Mahler. Quedó la triste impresión de que se estaba estropeando el pastel cuando faltaba sólo por poner la guinda.

Finalmente, el gran movimiento lento. Se inició de forma hermosa con una interesante sugerencia de lo que nos depararía. Runnicles ciertamente no se retrajo; de hecho la música sonó infrecuentemente apasionada, incluso airada en ocasiones. Se produjo incluso la sensación de que estaba siendo moldeada en exceso. Mientras hace tres años había admirado el extraordinario nivel de los intérpretes de la velada protagonizada por Claudio Abbado y la Lucerne Festival Orchestra había echado en falta una visión desde el pódium más consistente. Es extraordinariamente difícil conseguir el balance adecuado: Pierre Boulez ciertamente lo hizo en Berlín en 2007 y también he escuchado a Haitink conseguirlo, pero Runnicles exhibía alguna dificultad especialmente en los clímax. Pero el resultado fue sin duda noble; no debería ser tan crítico. Hubo sin embargo otros factores negativos: uno, la huida de una mujer en la tercera fila que exhibía unos ruidosos zapatos de tacón, otro, tal vez demasiados fallos del metal, menos consistente que en el primer movimiento. No fue la coronación gloriosa que uno hubiese deseado pero una vez más abandonamos el escenario conmocionados con el logro de Mahler, del cual una buena parte había sido vehiculada.

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