CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS LONDON · 16/JULIO/2010 · ROYAL ALBERT HALL · PROM 1

MARK BERRY
 |
|
8ª SINFONÍA
MARDI BYERS
TWYLA ROBINSON
MALIN CHRISTENSSON
STEPHANIE BLYTHE
KELLEY O'CONNOR
STEFAN VINKE
HANNO MÜLLER-BRACHMANN
TOMASZ KONIECZNY
CHORISTERS OS SAINT PAUL'S CATHEDRAL
CHORISTERS OF WESTMINSTER ABBEY
BBC SYMPHONY CHORUS
SYDNEY PHILHARMONIA CHOIRS
BBC SYMPHONY ORCHESTRA
JIRÍ BELOHLÁVEK |
Es improbable que una interpretación de la Octava Sinfonía de Mahler no nos resulte abrumadora, aunque al menos sea parcialmente, pues incluso la más fallida de las interpretaciones nos impresionaría de alguna manera, o incluso, mejor dicho ¡de muchas maneras! Sin embargo esta interpretación de la “Primera noche de los Proms” abrumó de una forma negativamente inesperada, lo cual fue sin duda culpa del director Jiri Belohlávek. Sean cual fueren las cualidades del actual director principal de la BBC Symphony Orchestra, parecía poco probable que éstas nos defraudasen en Mahler y sin embargo así fue.
Cuando una interpretación de esta obra se convierte en un mero viaje de placer algo ha marchado mal. El que hasta una interpretación claramente errada puede llegar a interesar; lo demuestra, por ejemplo, la vertiginosa y descaradamente operística de Sir Georg Solti. Sin embargo, paradójicamente este concierto tan anodino deberíamos encuadrarlo por su enfoque en la esfera de lecturas tan memorables como las de Jascha Horenstein, Dmitri Mitropoulos, Pierre Boulez, o Michael Gielen.
Mi primera impresión fue no obstante favorable. Belohlávek trazó el contrapunto mahleriano de una forma sorprendentemente clara, aparentemente situando la obra en la tradición de la Quinta. Pero las dudas en seguida surgieron. La primera sección “lenta” marcó el nivel o mejor dicho la falta de nivel de las secciones posteriores. Mahler escribe, tras su indicación a tempo, Etwas (aber unmerklich) gemäßigter; immer sehr fließend. Pero en vez de una ligera moderación que no afectase al fluir de la música, ésta entró en una parada virtual. No es simplemente una cuestión de tempo, por supuesto; sino de falta de vitalidad. Volviendo a la comparación con Solti, el quinteto solista sonó demasiado “operístico”, casi italiano: como Mahler para aquellos que prefieren Verdi, pero sin fogosidad.
Belohlávek se decantó a lo largo de todo el primer movimiento por una lectura clara, pero ésta por desgracia fue también cuadriculada, carente de dinamismo y finalmente muy pobre en términos de su aproximación por secciones. La estructura de la obra debe aflorar, pero no menos importante que esto es la unidad del movimiento o incluso de toda la sinfonía. Así la música del Accende… por muy excitante que fuese parecía surgir de la nada. Aun más, a la orquesta le faltaba fuerza. De hecho era sorprendentemente pequeña: sólo dieciséis primeros violines, ocho contrabajos. Las cuerdas, especialmente durante la primera parte, a menudo sonaban esqueléticas. A esto podemos sumar momentos de la madera desagradablemente estridentes. Sin embargo disfrutamos de un excelente dúo de timbales hacia el final del primer movimiento y de la presencia del órgano del Royal Albert Hall (Malcolm Hicks). Ésta fue impresionante, casi violenta en ocasiones. El canto coral fue bueno a lo largo de toda la sinfonía, de hecho salvó la noche. El aplauso estropeó el final de la Primera Parte.
El arranque de la Segunda Parte fue más fluido pero careció de misterio –al menos hasta que entraron las profundas trompas acompañadas de los violines, trémulos pero esta vez acertados: un pasaje para saborear. El grupo de metales brilló pero por desgracia era omnipresente la falta de cuerpo de la cuerda. La música de Mahler necesita resonar como si naciese de las entrañas de la tierra y no sonar como si su superficie estuviese cubierta por una densa capa de limo. Las cosas mejoraron sin embargo con la entrada del coro; siendo el efecto de eco infrecuentemente impresionante; nada fácil de conseguir con tal número de cantantes. Hanno Müller-Brachmann fue un típico Pater Ecstaticus, introspectivo y de bello sonido y Tomasz Konieczny estuvo casi a su altura, aunque sin llegar a ser un de profundis Pater Profundus. Stephanie Blythe destacó entre las solistas femeninos: una mezzo con visos de llegar a ser una contralto “madre tierra”. Stefan Vinke fue un sustituto de última hora para el indispuesto Nikolai Schukoff como Doctor Marianus. En el inicio sonó algo nervioso, pero fue creciendo en el papel, aunque sin alcanzar la virilidad que tanto me impresionó cuando le vi en Leipzig como Lohengrin y Parsifal. (Sin duda las dimensiones de la sala tuvieron parte de culpa, pero lo cierto es que si hay una obra adecuada para el Royal Albert Hall debe ser esta.) Twyla Robinson mejoró enormemente como Una Poenitentium. Aunque sus primeros versos fueron discretos, mejoró posteriormente su dicción y alcanzó un tono glorioso en la conclusión Vergönne mir, ihn zu belehren, noch blendet ihn der neue Tag! El canto coral fue una vez más de la máxima categoría; me emocionó especialmente el encantador sonido del coro de niños que giran en círculos (en mi imaginación).
El director sin embargo siguió defraudando. Los vínculos temáticos con la primera parte fueron resaltados atinadamente pero ésta fue una de las escasas virtudes de la interpretación. (¡Además estas conexiones difícilmente pueden ser ignoradas!) El peso de la orquesta simplemente estuvo ausente la mayor parte de la interpretación. Daba la impresión de que Belohlávek estuviese más cómodo con Mendelssohn o, haciendo un esfuerzo, con Schumann. De éste último las Escenas del Fausto de Goethe podrían haber respondido mejor a este tratamiento aunque me temo que la obra hubiese igualmente carecido de impacto. Los pasajes lentos se dilataban y las aceleraciones sonaban arbitrarias. Hubo algún momento instrumental especialmente bello, por ejemplo el diálogo de las cuerdas, arpas, y armonio que acompaña a la Mater Gloriosa en su aparición pero de nuevo fue una sección inconexa y lenta precedida de un inadecuadamente dilatado y claramente sentimental Jungfrau, rein im schönsten Sinne... del Doctor Marianus y el coro. Fue éste último quien nuevamente brilló en el Chorus Mysticus final, muy hermosamente cantado; pero esto no es suficiente. Una interpretación de esta obra que sea incapaz de enganchar a uno de principio a fin difícilmente puede ser una buena interpretación.
ver crítica en inglés (English)
|