Si alguno pudiese pensar que en la impresionante oferta musical berlinesa la Filarmónica de Berlín debería primar por encima de cualquier otra alternativa, el presente concierto con la Deutsche Symphonie Orchester constituyó una prueba extraordinaria de que esta orquesta y su director titular, Ingo Metzmacher, han sabido conformar ante tan venerable competencia una propuesta del máximo atractivo. Programas cuidados, coherentes y con una especial consideración hacia la música del siglo XX; un director que a pesar de su madurez y ya abultado currículum exhibe un entusiasmo desbordante y contagioso y finalmente una orquesta de gran nivel técnico que evidencia una profesionalidad envidiable.
Con estos mimbres y dos partituras tan trascendentales como el Concerto Funebre de Hartmann y la Séptima Sinfonía de Mahler se configuró un programa que sin duda dejó en el público asistente una profunda y perdurable huella. En la densa y emocionalmente exigente obra de Hartmann fue decisiva la participación de Leonidas Kavakos, pero también de la cuerda de la orquesta que exhibió un sonido denso, resonante, rico en matices y musicalidad. Solista y orquesta, perfectamente integrados por la conducción de Metzmacher solventaron el difícil reto de mantener la estructura de la obra cohesionada de principio a fin. Cuando la angustiosa y lírica declamación del violín, recreada con una cierta sobriedad por Kavakos, desembocó en la inequívoca canción popular checa que cierra la obra, la desolación de los oyentes era palpable en el silencio absoluto con que los dos mil asistentes premiaron la interpretación. El solista respondió a ese respetuoso silencio no interpretando ninguna propina tras los subsiguientes atronadores aplausos, lo cual es de agradecer.
La citada evocación bohemia enlazaba de alguna manera las dos obras del programa, en su conjunto una velada de una altísima exigencia emocional. La orquesta aumentó lógicamente para esta segunda parte de forma tan nutrida que los últimos atriles casi se mezclaban con el público sentado en la zona del coro. Significativamente se estaba logrando esa espontánea interacción e integración entre público e intérpretes que Scharoun buscaba recrear en su diseño de la sala; algo imposible de experimentar en la mayoría de nuestras salas de conciertos. Desde mi posición en la zona A, totalmente centrada, se podían apreciar y disfrutar los más mínimos matices del diálogo estereofónico entre las secciones, por ejemplo entre violines primeros y segundos, situados antifonalmente; entre cuerda grave y arpas, etc. En el ensayo la orquesta nos había demostrado la cohesión, densidad y poderío de su sonido, el cual ahora alcanzaba una dimensión insuperable, pudiendo escucharse matices y texturas de la obra difícilmente apreciables en las grabaciones discográficas.
En cierto modo el sobrecogedor preámbulo del Concerto Fúnebre provocó que la Séptima de Mahler -tan a menudo considerada como un viaje de la noche al día, de la luz a la oscuridad- se liberase de una buena parte de su carga emocional. Las pretendidas sombras mahlerianas no hicieron su aparición hasta el Schattenhaft central. Tal vez también pudo influir en esto la lectura de Metzmacher que en ningún momento cargó las tintas en los aspectos más dramáticos de la partitura ofreciendo una lectura que me sorprendió por su equilibrio y ortodoxia. De Metzmacher, por desgracia ajeno al bagaje discográfico mahleriano –esperemos que pronto se enmiende esta situación- conocía especialmente su Quinta con la GMJO. Sin duda una de las Quintas más peculiares que haya escuchado nunca, afín en muchos aspectos al provocador Farberman.
Sin embargo en esta ocasión Metzmacher más que un interventor fue un facilitador recreando una Séptima verdaderamente convincente de principio a fin: redonda, coherente e insisto, mucho más canónica de lo que se podría esperar a priori. Se trató de una lectura directa, intensa sin extravagancias, buscando siempre que la partitura moviese y conmoviese, por supuesto sin sentimentalismos, sólo exprimiendo la fuerza bruta de estos pentagramas. Los tiempos tendieron ligeramente hacia el lado ligeramente rápido del espectro pero sin nunca rozar lo extremo.
Difícil particularizar alguna sección de la orquesta. Probablemente la que más me sorprendió favorablemente fue la de las trompetas que gozan de un excelente principal. A pesar de la dificultad de su parte por lo sobreagudo y expuesto de muchas de sus intervenciones, tocaron con una gran valentía, sin que nunca amagase la más mínima disonancia. Ni en los tuttis más poderosos el sonido amagaba con romperse; al contrario había un empaste perfecto de todas las texturas orquestales. No era una interpretación de tiralíneas como le habíamos escuchado el día anterior a la Filarmónica de Berlín ni tan aplastante como la de la Staatskapelle que habíamos podido escuchar en la Tercera cuatro días antes. La DSO ofrece un sonido mucho más orgánico, tal cual la arquitectura de la sala, sin aristas ni geometrías abrumadoras. Un sonido denso, exuberante y vital en el que se perciben las pulsaciones de todos y cada uno de los músicos. Incluso dos semanas después sigue rondando por la cabeza de quien esto escribe esas sensaciones, tal fue su impacto.
Sí es cierto que hubo algunos fallos, pocos pero significativos. El más lamentable los repetidos del tenorhorn que aunque puntuales por lo reducido de sus intervenciones, éstas son tan significadas que cayeron como jarros de agua fría. Me recordó a una Séptima de Boulez con la LSO en el Barbican en la que el solista abrió la sinfonía con una tremenda pifia. Aunque el curso de la interpretación hace que se disipe el error éste deja un mal sabor de boca que tarda tiempo en olvidarse. Otra crítica puntual me surge hacia el percusionista de los platillos; una labor aparentemente básica pero realmente de gran trascendencia. Me temo que el percusionista no supo subrayar como se merecía las intervenciones más explosivas de este instrumento; siempre tan efectivas en Mahler.
Pero son dos pequeñas lagunas en una orquesta extraordinaria: concertino, cuerdas, bajos –estos ponían tal pasión que se inmolaban sobre sus instrumentos-, flautas, oboes, clarinetes, trompas y trompetas; un virtuosista timbalero, etc. Como curiosidad, la parte de mandolina la hacía un segundo violín a cuyo lado se sentaba el guitarrista.
Con este elemento decisivo -una orquesta en estado de gracia- la interpretación quedó definida por su carácter e intensidad. El primer movimiento fue una lectura directa, explosiva, una ola de sonido y armonía una auténtica fiesta para los sentidos. En momentos como el Allegro con fuoco de la primera parte Metzmacher imprimió la máxima energía mientras que en el lírico meno mosso exhibió un gran control del fraseo y un gran sentido musical moldeando una sección de belleza casi insoportable. Pero sin embargo el modernismo de determinados pasajes en la primera sección del movimiento o en la transición hacia la recapitulación no fue especialmente exacerbado. Hubo un aspecto especialmente notable: siempre estuvo presente en el discurso una cierta sensación de vaivén, de ondulación; no se trataba de una línea de estable que apunta hacia la coda sino que intencionadamente Metzmacher creaba una cierta sensación de indeterminación, de imprevisibilidad. No me atrevería a decir que el director estaba recreando ese vaivén de los remos que sirvió a Mahler como detonante para la composición del movimiento, pero sí que Metzmacher buscaba que una cierta sensación de incertidumbre flotase en medio de un discurso tan afirmativo. Sea como fuere la conclusión de la obra resultó brillante; una auténtica orgía sonora, en este caso ya sin la más mínima reticencia.
De esta impresionante coda deriva uno de los principales problemas de esta obra. Tras el enorme clímax que cierra el primer movimiento resulta difícil seguir manteniendo la tensión del oyente. Sin embargo Metzmacher no tuvo ese problema, en parte debido a una Nachtmusik I plena de carácter en la que cada sección de la orquesta imprimió un latido propio al discurso musical. Se desveló un perfecto trabajo tanto tímbricamente como en la gradación de las dinámicas, aspecto éste importantísimo en este movimiento en el que sin haber ninguna indicación expresa in die Ferne las sonoridades viajan en todas las direcciones del espacio. En cuanto al tiempo Metzmacher tomó la indicación Allegro moderato más próxima al primer término que al segundo, lo cual fue sin duda un acierto.
El tercer movimiento resultó no menos virtuosístico. Fue una interpretación delirante, que realzaba las aristas del discurso. En este caso sí el tiempo resultó tal vez excesivamente vivo –frente a lo habitual- pero sin embargo esto resultó secundario ante la expresividad y personalidad de la lectura, realmente sobrecogedora. Extraordinario el timbal y la cuerda grave.
La segunda Nachtmusik, tan abierta a interpretaciones, desde lo plenamente romántico a un cierto escepticismo o decadencia, fue sorprendentemente en Metzmacher muy directa, sin minimizar en ningún momento el romanticismo ni recurrir a segundas lecturas. Así en el Graziossimo Metzmacher no destila el más mínimo indicio de esa ansiedad que otros directores se sienten tan inclinados a mostrar. Únicamente los sombríos pasajes marcados por Mahler como melankolisch cumplieron esa misión de arrojar la duda sobre tan positivo movimiento, sin duda el mejor recibido de los cinco en la época del estreno. Una vez más la orquesta sublime, especialmente en el final de este Andante amoroso.
Y como conclusión un Allegro ordinario final explosivo. No vertiginoso –duró 17’24”- pero sí de intensidad y grandilocuencia desbordante. Se abrió con un solo de timbal y una fanfarria orquestal espectacular y ese tono se mantuvo todo el movimiento. Los sucesivos ritornellos fueron siempre explosivos e intensos; sin ningún tipo de reticencia, y el tiempo como decía, resultó ligeramente contenido, pero en ningún momento transmitió esa sensación. Esa es la mejor prueba de la intensidad de la lectura. Fue una progresión triunfal, desbordante hasta alcanzar una culminación exultante que lógicamente fue recibida con numerosísimos bravos.
Éxito absoluto que la orquesta y el director agradecieron realmente felices, lo cual es digno de ser también señalado. Como en las grandes ocasiones el director salió a saludar en solitario cuando la orquesta ya se había retirado. Aplausos merecidos a los que desde luego nos sumamos y que nos hacen ansiar más Mahler tanto en vivo como discográfico de este director.