Si la cancelación de un concierto es siempre un hecho para lamentar, en este caso la sustitución de James Levine por Daniel Barenboim, sustitución motivada por problemas de espalda de los que deseamos al director norteamericano una pronta recuperación, desencadenó el interesante debut del director argentino en la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler. Comunicada la semana anterior al concierto, afortunadamente Barenboim y su orquesta tuvieron ocasión de trabajar la obra a fondo. Por otra parte es más que factible que Barenboim llevase ya tiempo estudiando la partitura a conciencia. Entre los aficionados a Mahler existía la convicción de que la Tercera sería la siguiente sinfonía mahleriana a la que éste se enfrentaría en su peculiar y tardía aproximación al ciclo sinfónico mahleriano. Es ésta sin duda una de las más peculiares trayectorias que en este sentido podemos recordar. Iniciado en su juventud en los pentagramas sinfónicos mahlerianos de la mano directa de ni más ni menos que Sir John Barbirolli, éste estrecho contacto derivó por desgracia en un desapego entre el director y la obra sinfónica de Mahler que no se interrumpiría prácticamente hasta la etapa del argentino en Chicago, en los años noventa. No es por tanto de extrañar que el debut en la obra haya sido a una edad tan tardía, en el umbral de los setenta años de vida.
El balance de este debut no puede ser más prometedor, incluso aunque no se hubiese producido en las circunstancias citadas. Es cierto que una parte importante del éxito fue debida sin duda a la extraordinaria Staatskapelle de Berlín. Una orquesta a la que a mi juicio no se le otorga todo el reconocimiento que merece; por no decir que ha sido ciertamente infravalorada. Habíamos tenido oportunidad de escucharla en la misma sala en la Tercera con Boulez de la impresionante Mahlerfesttage del año 2007, momento en que ya nos había dejado una muy grata impresión. En esta ocasión podemos decir que mejoró notablemente esa interpretación. Una maratón mahleriana de ese estilo no constituye la mejor circunstancia como para ver todo lo que puede dar de sí una orquesta. Sería por tanto precipitado decir que ha habido incluso una mejora apreciable en lo que hace tres años nos deslumbró. Pero lo cierto es que a pesar de las dificultades de la partitura no hubo prácticamente deslices orquestales y lo que es más relevante, nos encontramos ante una orquesta compacta, atlética, que si se admite la expresión podríamos definirla como “puro músculo”. Es un lujo contemplar a su cuerda en acción, de una precisión y sincronización absoluta, produciendo un sonido a la vez robusto y cálido. Pero también espectacular disfrutar de su metal, muy seguro, poderoso, perfectamente empastado, que sabe siempre encontrar el balance adecuado con las otras secciones. Si a todo esto sumamos la acústica de la Philharmonie que permite percibir hasta el más último murmullo nos encontramos con que se habían reunido todos los ingredientes para dar luz a un concierto inolvidable.
Lógicamente resta por tratar una cuestión crucial, la dirección de Barenboim. En líneas generales mi valoración es bastante positiva; desde luego prometedora de cara a futuras interpretaciones. Hay momentos concretos de la obra –probablemente aquellos en los que late la herencia de Wagner y Bruckner en Mahler- en los que éste se sintió especialmente cómodo y el resultado así lo demostró. En otros momentos sin embargo la sensación fue que tal vez estaban pesando excesivamente esos ilustres antecesores en la concepción de Barenboim. Finalmente en determinados momentos mi sensación es que Barenboim estaba experimentando con la música; llevándola a sus extremos; hasta el punto que en determinadas ocasiones quien esto escribe no podría evocar interpretaciones similares en el acerbo discográfico de la obra. El tiempo dirá si esas experimentaciones dieron el fruto esperado por el maestro. En definitiva, en lo que fue una concepción de forma global coherente y convincente hubo momentos para llorar de emoción como el extraordinario en musicalidad y sensibilidad inicio del Langsam final pero también otros mucho menos convincentes como podría ser todo el segundo movimiento.
El primer movimiento fue sin duda lo mejor: vital e intenso, con unos clímax de una energía que cortaba la respiración. Desde un primer momento la intensidad marcó la interpretación. Así por ejemplo las escalas ascendentes de los contrabajos, indicadas por Mahler como Wild cortaban la respiración, o también la marcha del verano, auténticamente schwungvoll verdaderamente eufórica. Los solos de trombón fueron excelentemente interpretados; en ellos como en los momentos más introspectivos del movimiento Barenboim buscaba siempre la máxima expresividad y a fé que lo conseguía. En la conclusión previa a la reexposición las cuerdas aportaron una abrumadora energía furchtbarer Gewalt; Barenboim no tuvo problema para extraerla de sus solícitos y profesionales músicos. La reexposición resultó ligeramente más decidida. Tras un emotivo tercer solo del trombón la marcha final desencadenó en una explosiva coda ante la cual el público tuvo serias dificultades para contener su aplauso.
Sorprendente fue el segundo movimiento; Barenboim optó por una lectura directa, incisiva, por no decir agresiva en la que la poesía de la música pasaba a un muy segundo plano. Una referencia podría ser el Minuetto de la grabación de Boulez. Personalmente no entiendo ese tipo de aproximación pero veo que se está imponiendo en determinados directores. El tiempo dirá si Barenboim se adhiere a ella o modifica su perspectiva.
No es de extrañar que apenas podamos encontrar en la discografía versiones más rápidas que los 8’37” que duró. El primer movimiento con sus 31’04”, también resultó especialmente vivo. Las duraciones de los restantes movimientos fueron III. 16’03”, IV. 8’30”, V. 3’50” y VI. 23’24”, para un total de 91’28”. Una Tercera realmente rápida.
El tercer movimiento también vivo e intenso fue afortunadamente mucho más redondo. Además de la energía Barenboim supo aportar una cierta mordacidad; aspecto desde luego interesante. El momento estelar del movimiento lo constituyeron los dos solos de posthorn, extraordinariamente interpretados que mantuvieron en vilo al público de principio a fin. El problema llegó en la sección entre los solos en la que Barenboim volvió al planteamiento del Minuetto. Un discurso vertiginoso, descontrolado, sin sutileza, en el que la orquesta lo tuvo muy complicado para darle un sentido a las notas. Personalmente me cuesta creer que si algún día Barenboim lleva la obra al CD opte por este planteamiento. La coda fue sin embargo brillante, sobrecogedora.
En el Ah Mensch me gustó especialmente la primera parte; la parte más recitada en la que Waltraud Meier aportó el inconfundible timbre de su hermosísima voz para hacer una lectura que me emocionó mucho más que las típicas Lang, Larsson o DeYoung. Impagable. Sin embargo en la segunda parte su voz se mostró más limitada como también en el Es sungen drei Engel. Barenboim se decantó por unos glissandos del viento muy pronunciados y llevó un tiempo moderadamente vivo que me pareció correcto. Las trompas estuvieron excelentes en su dificilísimo papel. El Es sungen drei Engel fue simplemente un correcto interludio en parte porque el director no explotó las posibilidades expresivas del mismo.
El inicio del Langsam final fue otro de los momentos estelares de la noche en el que Barenboim se sintió como un pez en el agua, exhibiendo una privilegiada musicalidad y sensibilidad; para mi gusto las principales virtudes de su labor directorial y como músico en general. La cuerda de la Staatskapelle que sonó como un solo instrumento, con un sonido cálido pero pleno, nada cohibido, fue fundamental pero insisto, también la dirección de Barenboim, quien moldeaba de forma perfecta el fluir de la música. La entrada del oboe y de la flauta fue desde luego el contrapunto ideal. Sin embargo tras esta primera parte del movimiento ¡absolutamente sublime! Barenboim no pudo o tal vez no quiso mantener un nivel emocional similar. Aunque la orquesta mantuvo el mismo nivel, la dirección de Barenboim resultó un tanto paradójica. No fue un problema de tiempo; no estábamos ni ante la “hiperpesantez” de Maazel o el histerismo de Gergiev –ambos ejemplos extremos en este Langsam. De hecho fue un tiempo bastante prototípico. No, el problema estuvo en los énfasis, en los acentos y sobre todo en una cierta trascendentalización que el director imprimió a la música. Toda la emoción desatada en el inicio del movimiento se convirtió en perplejidad o expectación. Los demoledores clímax se sucedían con un control, mínimo pero lo suficiente como para diluir la intensidad del discurso. Los colosales compases finales se convirtieron en un inmenso interrogante. Asistimos a un auténtico anti-clímax, pero no al estilo de la hermosa y sublime gelidez de un Salonen sino de una forma mucho más convencional. Lo que es un arco ascendente en intensidad y exaltación se convirtió en una línea descendente, una auténtica pregunta sin respuesta.
El tiempo dirá si ésta es la concepción última de Barenboim o si debido a este inesperado acercamiento a la obra hemos asistido a un privilegiado test de ensayo y error. Lo cierto es que los compases finales dejaron a la sala instantáneamente fría y perpleja, transcurriendo unos eternos segundos hasta que estallase la locura colectiva: casi veinte minutos de aplausos y bravos continuos, para la extraordinaria orquesta, los coros, la solista y muy especialmente para Barenboim, un auténtico dios entre su público.