INICIO NOVEDADES ADMINISTRACIÓN ENLACES
NOTICIAS
CONCIERTOS
ARTÍCULOS
DISCOGRAFÍA
BIBLIOGRAFÍA
BIOGRAFÍA
OBRA
ÁLBUM
CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS
VALLADOLID · 11/FEBRERO/2010 · CENTRO CULTURAL "MIGUEL DELIBES"

RUBÉN FLÓREZ BANDE

Vasily Petrenko
9ª SINFONÍA
ORQUESTA SINFÓNICA DE CASTILLA Y LEÓN
VASILY PETRENKO

Después de la muy interesante interpretación de la Séptima Sinfonía que los mismos intérpretes habían realizado la temporada pasada (enlace), se esperaba con expectación lo que pudieran hacer con la Novena Sinfonía en la presente temporada. Al igual que en aquella ocasión ésta era la primera vez que la orquesta abordaba la genial partitura de Gustav Mahler; los resultados finales no cumplieron las expectativas previstas; bajando en cierto modo el nivel que habían alcanzado con la Séptima, pero vayamos por partes.

La concepción que tiene Vasily Petrenko de esta partitura, es de todo menos contemplativa. Al más estilo ruso de abordar la música de Mahler, vienen a la memoria nombres como los de Kondrashin o más recientemente Gergiev. Cuesta encontrar un atisbo de romanticismo en estas interpretaciones, todo está sometido a un profundo análisis expresionista en ocasiones incluso mecánico o "industrial", sacrificando en gran parte el poder expresivo de esta música. Los tiempos en general son ligeros, demasiado rápidos me atrevería a decir, lo que en ocasiones se resiente en el discurso, forzado, pero sí puede que gane en claridad de ideas aunque no siempre sean las más idóneas.

El Primer Movimiento (Andante comodo) se abrió muy precipitadamente, los susurros se obvian, todo es intensidad incluso crispación. Por momentos expeditivo; hacía presagiar lo peor. No fue el caso ya que Petrenko subo moverse bien entre estas tensiones, en ocasiones aflojando esa expresividad casi obsesiva. Los crescendos son construidos sin una progresión, buscando la sorpresa o el efectismo, y es cierto que se consiguieron, pero de nuevo jugando al descontrol de la unidad del movimiento. Aparecían como tirones, como golpes que no se sabe muy bien de donde proceden. Fue interesante el modo en que hizo sonar a los instrumentos de viento metal en estos momentos, al igual que en la marcha, muy presentes y grotescos, como queriéndolos hacer sonar de la forma más fea posible, de nuevo no había concesión a contemplaciones. El final camerístico contrastó en tiempo, y tensión. Todo se amortiguó hasta que la música y los instrumentistas se fueron apagando. Era tarde, después de lo previo esta forma de terminar no tenía sentido.

El Segundo Movimiento (Im Tempo eines gemächlichen Ländlers) comenzó de una forma anodina, casi metronómica; tremendamente rígida e inexpresiva, cartesiana hasta lo indecible. Todo se movió en la misma intensidad de constricción, incluso el trío. No hubo atisbo de mordacidad ni de ironía, todo consistía en un ir hacia adelante sin parada; no hubo juego con las cuerdas, las cuales en muchas ocasiones se mostraron ausentes en la interpretación, la idea del rubato brilló por su ausencia, la mención al Ländler era anecdótica cuanto menos. De nuevo volvieron a brillar los juegos tímbricos entre los vientos, pero que a la larga poco aportarían a la unidad del movimiento.

El Rondo-Burleske puede que sea el movimiento más apto para la idea expresionista que tiene Petrenko de la partitura; pero fue aquí la orquesta la que no pudo seguir el ritmo -trepidante- ni las ideas del maestro ruso. El carácter expresionista fue conseguido de una forma aquí sí impecable por parte del director, pese que las cuerdas, en especial las agudas, seguían ausentes y sin fuerza. Todo el pesó recayó en las secciones de viento y percusión que de nuevo con recursos tímbricos consiguieron vitalizar este movimiento, donde brillaron los momentos más oscuros y opresivos de la interpretación. Si tremendo y ominoso fue el arranque más tensión se respiraba en el nocturno, tremendamente conseguido y recreado. El problema vino a partir de la reaparición de ese tema nocturno, en lo que sería la coda final, donde el ritmo adoptado por Petrenko fue imposible de seguir por parte de la orquesta, incluso el timbal tuvo que parar incapaz de seguir aquello. El resultado final fue una stretta profundamente desparramada y obviamente sin el poder efectista que se le atribuye, haciendo evidente de nuevo las limitaciones de la orquesta para con esta música.

También en el Adagio final volvió a abusarse de todo lo que se pueda exprimir: ausencia de vuelo lírico en la primera parte, clímax surgidos de la nada... todo ha de someterse a una rigidez: lo inexorable. Petrenko toma muy al pie de la letra estas premisas, pero Mahler no es Tchaikovsky ni Shostakovich y esto no se puede hacer sonar como si de la "Patética" o de la Cuarta Sinfonía del compositor de San Petersburgo se tratase. Lo inexorable está, sí, pero también algo más; esa tensión a veces angustiosa, e incluso me atrevería a decir que artificial no es apta para esta música. Todo ha de tener una progresión, la cual no existió. Se llegó al adagissimo final sin un discurso; la idea era llegar sin importar los medios. Sí, el adagissimo fue tremendamente conseguido, pero ¿sacrificar todo un movimiento para esto? Como al final del primer movimiento -pese a la "belleza"- ya no tenía sentido.

Versión insuficiente, no en cuanto ideas -que existen- sino que mal planteadas. Está bien que Petrenko no quiera caer en la rutina, ni en ofrecer una Novena más, pero esas ideas hay que saber matizarlas, por lo menos saber qué resultado se quiere. Decepcionante por momentos la orquesta, pero claro, no hay que olvidar que era la primera vez que la subían a los atriles, mención especial para los metales. Sin duda y por lo escuchado en otras ocasiones, otra vez será.

© gustav-mahler.es