CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS MADRID · 10/FEBRERO/2010 · AUDITORIO NACIONAL

RUBÉN FLÓREZ BANDE
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3ª SINFONÍA
BERNARDA FINK
ORFEÓN DONOSTIARRA
ESCOLANÍA DEL SAGRADO CORAZÓN DE ROSALES
KONINKLIJK CONCERTGEBOUWORKEST
MARISS JANSONS |
Dentro del proyecto mahleriano de sinfonías y ciclos de lieder que la orquesta del Concertgebouw está llevando a cabo actualmente -comenzó el 30 de Septiembre de 2009 con la interpretación de la Primera Sinfonía, y concluirá el 30 de Junio de 2011 con la interpretación de la Décima Sinfonía- a Madrid ha llegado una entrega de la Tercera que tuvo su estreno una semana antes, el 3 de Febrero en el Concertgebouw de Amsterdam y que se volverá a interpretar el 17 de Febrero en Nueva York. Los coros variarán según la ciudad donde se interpreten, Bernarda Fink abordará los conciertos de Amsterdam y Madrid, mientras que Jill Grove se encargará del concierto de Nueva York. Para más información de este interesante proyecto: http://www.concertgebouworkest.nl/page.ocl?pageid=82
La disposición orquestal por la que opta Jansons para abordar esta Tercera Sinfonía en Madrid, en muchos aspectos puede parecer curiosa; no adoptó la posición “vienesa” o “mahleriana”, sino la más extendida, violines I y II juntos, a continuación las violas, y a la derecha del director los violoncellos, detrás de estos los contrabajos, la disposición del viento madera y metal la habitual; arpas a la izquierda. La curiosidad radica en que parte de los violines I, hacían en ocasiones de violines II, no en todas sus intervenciones, como para subrayar o matizar más estos pasajes, al igual que las últimas filas de los violoncellos en ocasiones también doblaban las intervenciones de los contrabajos; otra curiosidad más que se pudo apreciar es que en determinados pasajes del último movimiento, las trompas cuando repiten el tema principal antes de la coda, en vez de tocar con sordina, optaron por utilizar un paño para amortiguar su sonido; produciendo un color muy interesante, no tan “artificial” como cuando se utiliza la sordina.
En cuanto a la interpretación, el Kraftig inicial sonó noble, pero al que quizás por parte del director le faltó algo de fuerza o empuje; eso sí, el resultado muy majestuoso por parte de las trompas, con algún rallentando interesante en el final de su fanfarria inicial. La característica que se pudo apreciar en este movimiento, fue precisamente esa majestuosidad contenida con la que fue llevado; no hubo concesión al expresionismo, ni al desenfreno; como con temor de que se desbocase esta música. Las tres intervenciones del trombón solista -Bart Claessens- se caracterizaron también por esta contención, sería preferible que hubiese optado por una versión más expresiva, pero no dramática; aun así sonó redondo, brillante, y empastado; una de las características propias de los instrumentistas de metal de esta orquesta es que consigue hacer sonar el instrumento nada metálico, sino eso, noble y profundo. En la “Marcha del verano” o en la “Tormenta” se pudo apreciar todo el virtuosismo de esta orquesta, la ductilidad y la flexibilidad en la que se mueve, seguramente sea en este aspecto en el que el Concertgebouw no tenga rival en el panorama internacional; estos pasajes de extrema dificultad los tocan tremendamente fáciles o eso se aprecia en la escucha; donde en otras orquestas se ve el esfuerzo y en ocasiones se transmite al sonido aquí fue dicho con total naturalidad. Jansons no opta por la saturación sonora ni por las extravagancias tan típicas, sino que adopta una posición distante, planificando este cúmulo de clímax con un oficio envidiable. No es un gran técnico de la batuta, tampoco lo necesita, es profundamente meticuloso en el aspecto sonoro, no necesita deslumbrar, su didactismo es suficiente. Si bien en Mahler en ocasiones se añora este virtuosismo por parte de la batuta, en esta ocasión la que suplió esta falta fue la propia orquesta. El final fue contenido en lo sonoro, pero no en lo expresivo, llevado a un tiempo vivaz, tanto orquesta como director volvieron a hacer un gran trabajo en el control de los planos y las agógicas y no cayeron en el efectismo gratuito; transmitieron la energía necesaria.
El Tempo di Menuetto fue llevado por Jansons a un tiempo bastante rápido en la primera sección, aunque a medida que iba avanzando se fue relajando en ese matiz. El arranque también fue algo brusco, muy leñoso sonó el oboe que da entrada del movimiento, pero al igual que el tiempo todos esos aspectos también fueron puliéndose a medida que avanzaba. Muy sutil y elegante resultó el desarrollo aunque en ocasiones pareciese preludiar al siguiente scherzo; la cuerda, como siempre en esta interpretación se mostró dúctil, delicada y virtuosa en todas las ocasiones.
El Tercer Movimiento, fue uno de los más conseguidos de la sinfonía; el carácter onírico que la concedió Jansons fue inefable, aquí sí se recreó y jugó con la tímbrica de la orquesta, aunque no calló en lo incisivo del movimiento, las dos intervenciones del posthorn- Frits Damrow, ubicado a la entrada del coro- fueron realmente ensoñadoras. El sonido fue distante, pero audible; algún ligero desajuste no emborronó su intervención, tremendamente sutil. El leve acompañamiento de la cuerda en estos momentos fue algo mágico, el poder tímbrico de esta orquesta volvió a maravillar.
El Cuarto Movimiento contó con la curiosa y sugerente voz de Bernarda Fink. La mezzosoprano argentina bordó aquí su parte; voz oscura y potente en los graves y pletórica en los agudos consiguió junto con Jansons el efecto de “nocturnidad” requerido. El "Oh Mensch" fue cantado con partitura, convicción y sentido de lied, por parte de la solista. Pocas críticas le caben; Jansons confirió un estatismo único; la entrada de la trompa se vio algo apurada por la elección de hacerla tocar casi inaudiblemente, con un pianissimo realmente virtuosista; los hinaufziehen en el oboe fueron pletóricos aunque no en todas las intervenciones se oyeron. De las tres llamadas que hace en cada aparición, en la primera no se indicaba.
El Quinto Movimiento contó con una intervención de lujo, las voces blancas del Orfeón Donostiarra, precisas, claras y empastadas. Los niños de la Escolania del Sagrado Corazón de Rosales, que cantaron sin partitura, evidentemente no contaron con el mismo empaste que el Orfeón, pero sí con la precisión y dicción requeridas. Bernarda Fink aquí aportó el lado lúgubre del movimiento. Su voz profunda, casi proveniente de las entrañas de la tierra dio un verdadero contraste. Jansons se mostró claro y conciso, mitigando el desenfrene orquesta de esta música, en beneficio de los coros y solista.
Si a partir del Tercer Movimiento la redondez de la interpretación iba haciéndose cada vez más perceptible, con el Langsam final llegó el auténtico clímax de la misma; un delirio de sonidos, un auténtico Sphärenklänge. Fue tal la precisión, belleza y humanidad que tanto orquesta y director aportaron a esta música que la sensación final fue de profunda luminosidad y brillantez. Jansons en ningún momento tuvo prisa para construir este movimiento, el tiempo fue el justo (22:20), realmente emocionante, sin caer en la sensiblería o en lo edulcorado, pero sin distanciarse como ocurrió en el Kraftig inicial. La cuerda de nuevo fue precisa, sedosa y en ocasiones etérea; acompañada de un viento madera de auténtica brillantez sonora y empastada. Había instrumentistas en la orquesta, sobre todo algunos de los violines I que yo tenía más próximos que en determinados pasajes tocaban con los ojos cerrados. La pasión con la que interpretan es plausible y eso se transmite en la ejecución, lo que demuestra y confirma de nuevo que esta música la llevan en las venas. La coda culminó el arco empezado en las fanfarrias del Kraftig inicial, llevado al mismo tiempo, y con la misma contención, sin caer en el efectismo y el sonido aplastante en la que se cae en otras ocasiones, y cerrando la sinfonía con un acorde final de más de doce segundos de duración, casi eternos.
Mención a las notas al programa de Arnoldo Liberman, concisas a la vez que interesantes.
En resumen, versión emocionante, donde en los cuatro últimos movimientos se tocaron cotas difícilmente superables en un concierto en vivo, tanto por la respuesta orquestal, como por solistas y dirección. Los dos primeros movimientos, mucho más contenidos y discutibles, confirieron un resultado plenamente satisfactorio, humano, y emocionante.
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