Jonathan Nott ha elevado a categoría internacional una orquesta de provincias y ha crecido con ellos. Es un director de ideas muy claras, expositivo y posee el magnetismo de los grandes. Su implicación es absoluta con una constante atención a los violines. Se mueve por todo el podio, se gira, exige, balbucea. Las dos manos están en continuo movimiento marcando ritmo, expresividad y entradas a una orquesta situada “alla Mahler”, con un sonido de conjunto que empieza a ser identificable, propio.
A grandes rasgos, la cantabilidad y la depuración en la expresividad son lo más sofisticado del discurso. Su elocuente uso de la smorzatura y la sfumatura son la base de la naturalidad y la continuidad en la construcción de bloques y secciones.
Esto se evidenció en el Concierto para violín de Beethoven donde el joven violinista Serguei Khatxàrian demostró un sano sentido del virtuosismo y pasajes de efluvios esperanzados y optimistas. Es un maestro de la suavidad y así lo confirmo en el bis de origen armenio cuya sutileza convertían en molestos los propios armónicos del violín.
Su profundidad conceptual se halló en el dominio de los caracteres y en una técnica sofisticadísima que deparó momentos de gran fuerza y tensión como en las cadencias. Su lectura potenció una delicadeza extrema y una desnudez que presentaban la sofisticación en la obra, no en él. Ofreció el Beethoven más íntimo que se ha oído en Barcelona en los últimos años. Y lo hizo en una acercándolo a lo afectuoso y amoroso, también compartido por Mahler, fundamentándose técnicamente en la claridad de texturas, el mimo expresivo y un planteamiento camerístico de la excepcional prestación de Nott y la Bamberger Symphoniker.
Similares preceptos fueron los del Adagietto de la Quinta sinfonía de Mahler al que se le devolvió ese lirismo propio del autorretrato -sin pathos ni dolencia- y ese carácter cercano y expectante de la confesión amorosa. La ejecución, en general, se centró en la intensidad de cada frase, la exhaustividad de los detalles, el sentido del color y el matiz. Así, la marcha fúnebre no participó de modernas distorsiones expresivas y en el Rondó se vislumbró un leve aire rapsódico con aciertos en tempo y carácter (como en el número de ensayo 27, reconvertido en un breve idilio. Sorprendente). Los únicos deméritos fueron la falta de mayor tensión acumulativa y de un correcto idiomatismo en los corales, especialmente en las indicaciones en Pesante, tan fundamentales en la utopía mahleriana. Esto rebajó el efecto catártico y emotivo de los referidos pasajes: el primero, por marcial; el segundo, por atropellado y sin lograr mayor efecto que el de la potencia sonora. En ningún caso parecieron concebidos como presunción o consecución de un Mahler, que si bien no fue distante, tampoco fue proporcionalmente emocionante a la enérgica interpretación.
Por cierto, Ibercamera debería mejorar sus cada vez más breves e insustanciales programas de mano. Un ciclo de su categoría artística debería ser muestrario de una categoría intelectual equiparable. Además, el ritmo de marcha fúnebre al inicio de la Quinta, no es tan insólito como decían las explicaciones al programa: la Tercera también se inicia con una marcha fúnebre y en, menor mesura la Segunda también.