Verdaderamente fue un concierto con dos partes bien diferenciadas –no tanto por las interpretaciones en sí mismas como por las obras. Puse todo de mi parte, realmente lo puse, con la Primera Sinfonía de Bruckner. Desafortunadamente el gran nivel de la interpretación solo sirvió para poner de relieve las serias carencias de la obra. El primer movimiento se abrió de forma prometedora, extrayendo Michael Gielen una hipnótica urgencia de la Staatskapelle de Berlín. Una de mis escasísimas reservas a ella sería un sorprendente leve sonido de las cuerdas, pero tras la exposición esto dejó de ser un problema. Incluso llegué a preguntarme si Gielen no estaría poniendo demasiada carne en el asador, pero desde luego hubiese sido mucho peor una interpretación más relajada. El Tannhäuseriano metal resultó ciertamente resplandeciente mientras que el viento-madera sonó primoroso. La estructura de la obra fue expuesta de forma clara... ¿quizás demasiado clara? El movimiento lento me pareció el más logrado. En él una vez más el metal de Berlín aportó una grandeza Wagneriana. La sutileza con la que la cuerda dibujó sus temas me hizo evocar en ellos -muy para mi sorpresa- a Elgar. También merece ser citado un magnífico solo de fagot. Y por si me quedaba alguna duda no hubo ningún rastro de levedad en las brillantes cuerdas, realmente a la altura de las vienesas en su cualidad bruckneriana. Gielen nos ofreció un furioso scherzo, también pleno de color. Desde luego si él no ha sido capaz de enmendar las fracturas de la obra, estoy convencido de que ningún otro director lo será. Con sus trompas a la Freischütz y sus extraordinarios trombones nuevamente el metal en su conjunto sonó magnífico mientras que el viento-madera evocó de forma sugerente el color de los bosques. El trío fue hermosamente recreado pero como pieza musical no le encontré ni los pies ni la cabeza. Me temo que Bruckner fue también incapaz de encontrárselos. A continuación llegó el tumultuoso final pero ¿para qué tanto tumulto? Pudimos disfrutar maravillosos y resonantes pasajes en la cuerda grave hasta el punto que en un momento dado descarté el intentar discernir alguna pauta compositiva en la obra y limitarme a disfrutar la bella intervención de la Staatskapelle ¡Hasta casi se me hizo soportable la desatinada longitud del movimiento!
La primera parte se dedicó a las canciones del Wunderhorn de Mahler, repartidas entre Petra Lang y Hanno Müller-Brachmann. Fueron sencillamente maravillosas. Si la impresión fue que Müller-Brachmann se llevó la palma esto se debió a la naturaleza de sus canciones. Sea como fuere no hablamos de una competición. Gielen y la Staatskapelle Berlin fueron acompañantes decisivos; de su aportación no puedo escribir más que palabras de alabanza. Der Schildwache Nachtlied se abrió a un paso militar espléndido, marcando la pauta no solo para la canción sino para buena parte de la colección. Pero también un nuevo mundo orquestal, crucial en el resto de canciones, fue esbozado en el ‘Muss traurige sein!’. Gielen demostró en Verlorne Müh’! que sus impecables credenciales modernistas no implicaban ninguna pérdida de carácter... por si alguno lo había dudado. La hermosa frescura de Lang daba en el clavo, al igual que la (¿burlona?) severidad de la respuesta de Müller-Brachmann. Me sentía como en un Rosenkavalier aunque con un “comentario” orquestal algo más mordaz y angustioso. Significativamente el ritmo fue trazado con gran conocimiento y precisión en el siguiente Lied Wer hat dies Liedlein erdacht? Los melismas de Lang impecables y una vez más bien fundamentados, mientras que del solo de clarinete basta decir que habría que oírlo para creerlo.
El Antonius von Padua Fischpredigt bien merece ser desarrollado en la Segunda Sinfonía, en la Sinfonía de Berio y demás. El tono siniestro de la orquesta nos hizo sentir como si realmente estuviésemos escuchando la citada Sinfonía de Berio. Una vez más el director exhibió una absoluta seguridad rítmica, mientras Müller-Brachmann se metió perfectamente en su papel. Lang se mostró apropiadamente desesperada pero en ningún momento caricaturizada en el Das irdische Leben. En él destacó la apremiante contribución orquestal; nunca la había escuchado así. Fue tan terrorífico –y real- como una pesadilla o quizás mejor, como un cuento de hadas. El rubato de Gielen en el siguiente Rheinlegendchen fue oportunamente idiomático. Müller-Brachmann, con un intachable fraseo, bello y sentido, fue un cronista tan convincente como uno pudiera desear. Tras esta canción exhibió una superlativa habilidad cómica en el Lob des hohen Verstands: ‘el elevado intelecto’ encantadoramente burlado por él y por los solistas orquestales. Gielen llevó Der Tamboursg’sell a un sorprendente tiempo lento el cual verdaderamente funcionó. De principio a fin fue tan sobrecogedor en su dignidad y tristeza como cualquier pasaje del Wozzeck. La disolución en ‘Gute Nacht’ fue de infarto.
Urlicht se interpretó attacca, con una contribución del oboe insoportablemente bella. En Revelge la exactitud del ritmo desde un principio, sobre todo en la parte de las cajas, fue una fuente de inventiva musical. Müller-Brachmann evidenció unas inagotables reservas vocales mientras la precisión orquestal resultó espeluznante en el mejor sentido del término. ‘Espeluznante’ fue también el adjetivo que se debería adscribir a Wo die schönen Trompeten blasen; de hecho resultó estremecedora hasta la médula. En resumen una magnífica interpretación mahleriana: si al menos hubiese sido seguida por más Mahler...
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