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CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS
ZARAGOZA · 05/XI/2009 · AUDITORIO DE ZARAGOZA

RUBÉN FLÓREZ BANDE

VALERY GERGIEV
8ª SINFONÍA
VIKTORIA YASTREBOVA
ANASTASIA KALAGINA
LYUDMILA DUDINOVA
OLGA SAVOVA
ZLATA BULYCHEVA
SERGEI SEMISHKUR
ALEXEI MARKOV
YEVGENY NIKITIN
ORFEÓN PAMPLONES
ESCOLANÍA DEL ORFEÓN PAMPLONES
CORO AMICI MUSICAE
CORO INFANTIL AMICI MUSICAE
ORQUESTA SINFÓNICA DEL TEATRO MARIINSKY
VALERY GERGIEV

Con este concierto se estrenaba en Zaragoza la Octava Sinfonía de Gustav Mahler, 99 años después de su estreno en Munich. La expectación era mucha, y muchos eran los melómanos hasta allí trasladados desde muchos rincones de España, para escucharla. Este concierto se dio en Pamplona el día anterior, donde allí también era estreno la obra.

Los mimbres en un principio eran interesantes. Valery Gergiev, director solvente y personal, aunque no siempre perfecto en los resultados, su orquesta rusa la del teatro Mariinsky, importante orquesta que nada debe envidiar a otras colegas suyas centroeuropeas, con un gran bagaje sinfónico adquirido en estos últimos veinte años; solistas vocales de ese mismo teatro, que ya habían transitado la obra en varias ocasiones (Londres, San Petesburgo…), y unos coros cuanto menos predispuestos para enfrentarse a la sinfonía; de hecho, uno de los coros, el Orfeón Pamplonés, fue el que estrenó la obra en España, en Madrid, y un no muy lejano 1970, junto con el Orfeón Donostiarra, la Orquesta Nacional de España, y Rafael Frühbeck de Burgos al frente.

Pero los resultados; no fueron en su totalidad los más deseables posibles; la agenda de Gergiev y la orquesta (el día antes había hecho la Octava en Pamplona, el día después debería dirigir Los Troyanos en Valencia), los pocos ensayos con el coro, y las prisas, dieron al traste en gran parte con el resultado final de la interpretación. En un principio llama la atención la colocación de la orquesta en el bellísimo auditorio zaragozano; Gergiev optó por dividir la orquesta en dos, a la izquierda, violines I y II, sin dividir, detrás de ellos, viento madera; y a la derecha, violas, violoncellos, contrabajos, instrumentos de metal, arpas y percusión; y dejando la sección central del escenario la colocación de el Coro Infantil, donde normalmente en un concierto sinfónico irían colocados los instrumentos de viento madera; justo detrás, y ya en graderías de coro, el resto de masa coral; los solistas estaban colocados en una plataforma detrás de las curdas agudas. También fue discutible, más que curiosa la elección numérica de instrumentistas por familias, únicamente utilizó ocho violoncellos, siete trompas, en lugar de las ocho requeridas por Mahler, la supresión de los metales fuera del escenario, etc; en su descargo decir que no se notó la ausencia de estas supresiones, ya que la orquesta en todo momento tocó pletórica; supongo que esta decisión, y vuelvo a decir es una suposición, fue por la capacidad del escenario del auditorio, ya que aun se notaban apretados en él. También señalar que el Auditorio de Zaragoza no dispone de órgano-¡¡pero sí del hueco para el mismo!!-y que en su lugar se utilizo uno positivo, con lo que esto supone.

La Primera Parte (Veni Creator Spiritus), comenzó de una forma muy decidida, y abrasadora; lo malo es que nunca se rebajó esta tensión; haciendo así el resultado final, algo histérico y cargante, y en muchos momentos, emborronado. El Accende lumen sensibus, por ejemplo fue una una ‘suerte’ de ‘Montaña Rusa stravinskiana’, con una tensión, y unos apuntes casi imposibles, para nada adecuados tanto a la música como el texto, demasiadas aristas, para una música tan formal. Esta primera parte brilló por la ausencia de contención que se requiere en muchos momentos, donde la batuta se limitó a trazar en grandes brochazos, un mosaico sin matices, como en el anterior Imple superna gratias, donde la batuta debería haber arropado a los solistas, se limitó a indicarles que hicieran lo que quisieran. Así por ejemplo hubo errores de entrada, el bajo cantó como quiso, y las sopranos se mostraron en exceso chillonas. La sensación de desajuste y de caos quedó plasmada. Tampoco estuvieron muy finos los coros, con errores de entrada y afinación; así como un continuo cantar en unas dinámicas erróneas, siempre del mezzoforte hacia arriba, sin sutilezas y de nuevo contención. La reexposición del Veni Creator, mucho más acertada, se fue al traste con un Gloria final precipitado y contundente, como buscando un efectismo gratuito, innecesario. La orquesta se mostró pletórica, única figura que debe entender el curioso planteamiento del director, que siguió todas las indicaciones a la perfección. Una Primera Parte fallida, tanto por planteamiento, como por resultados.

Algo más interesante, pero también fallida, fue la Segunda Parte. El interludio orquestal nos permitió apreciar la enjundia de la orquesta, es cierto que no sonó nada ‘místico’, sino demasiado ‘terrenal’, aun así las cuerdas-en especial las graves-supieron trazar un arco algo ensoñador, más propio de la fantasía musical rusa que del nuevo lenguaje que propone Mahler; pero fue convincente por original. No lo fue el Coro de Anacoretas posterior, cantado sin eco, sin fantasía, sin confrontación. Gergiev optó por que cantaran este coro sentados, perdiéndose de nuevo esa idea de ‘misticismo’, y conformándonos con una ‘sequedad’ algo desilusionante. Interesantisimo el Ewiger Wonnerbrand tanto por la dirección, como por el Pater Ecstaticus de Alexei Markov. Gergiev decidió ralentizar el tiempo, y permitirse alguna sutileza, aquí sí arropando al solista, que se mostro seguro y pletórico. No igual se mostró, pese al interés que mostró Gergiev, el Pater Profundus de Yevgeni Nikitin, más barítono que bajo, que se limitó al igual que en el Veni Creator a cantar como quiso, con absoluta libertad y sin ceñirse al texto. También interesantísima la intervención del Doctor Marianus del tenor Sergei Semishkur, voz lírica, sin mucho volumen, pero perfectamente audible, que a lo largo de esta parte, como del posterior Blicket auf mostró un Doctor Marianus más humilde que decidido, con alguna elección interesante, como cantar el primer Blicket auf, en pianissimo, como si el peso de esa llamada fuera una bendición. Los coros emborronaron de nuevo el resultado final, mostrándose toscos y poco empastados en las intervenciones junto al tenor. El Adagissimo volvió a sonar al mundo fantástico ruso, más que al propio Mahler. De nuevo Gergiev se volvió a mostrar algo más sutil, y mostrando algo más de delicadeza que trazo grueso; impecable de nuevo la orquesta, en especial la cuerda, en esta sección. La Magna Pecatrix de Viktoria Yastrebova, fue insuficiente, a la vez que gritona, mucho más interesante en la grabación londinense de esta obra con Gergiev, quedándole el papel algo grande. Anastasia Kalagina fue Una Poenitentium muy interesante con un chorro de voz abrumador, y sugerente; poco refinada pero estilísticamente convincente. La Mulier Samaritana de Olga Savova fue correcta sin más, y la Maria Aegyptiaca de Zlata Bulycheva brilló por su timbre oscuro; pero decepciónó en su dicción y nulo estilo liderístico. Lyudmila Dudinova brindó una Mater Gloriosa algo tímida pero presente; aunque desde la localidad desde donde yo estaba no llegué adivinar desde que lugar de las alturas cantó.

Los coros en sus intervenciones intermedias mejoraron algo el empaste, pero no las dinámicas, tampoco la dicción era la más adecuada; desdibujaron algo la entrada al Coro Místico final, adelantándose, sobre el preludio orquestal previo, y no con la sutileza requerida. El Coro de Niños, hizo una labor impagable, quizás el mejor de los tres, contenido y sincero. El final orquestal, con una orquesta entregada, al igual que el final de la Primera Parte, resultó demasiado abrupto y expresionista, cerró una interpretación fallida, aunque con algunos momentos pocos interesantes. En otras condiciones y otras disposiciones podría haber sido una interpretación interesante, en esta ocasión sólo pudimos quedarnos con una interpretación en gran parte pintada con trazo grueso, sin misticismo, sin detalles, sin emoción… a la larga sin Mahler; gran parte de culpa, claro está, fué por parte de la dirección; pero ya se sabe, el que mucho abarca, poco aprieta. Los coros en general, tampoco anduvieron muy lucidos, no sé muy bien sin por falta de ensayos en conjunto, si por dejadez del director o por otras razones; pero en ocasiones daba la sensación de que la obra se les quedaba grande. Otra vez será.

AUDITORIO DE ZARAGOZA

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