CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS LONDON · 11/OCTUBRE/2009 · BARBICAN HALL

MARK BERRY
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DAS LIED VON DER ERDE
ANTHONY DEAN GRIFFEY
CRISTIANNE STOTJIN
LONDON SYMPHONY ORCHESTRA
BERNARD HAITINK
(+ SCHUBERT / 8ª SINFONÍA EN SI MENOR 'INCOMPLETA') |
Si previamente tuviese que apostar mi dinero por una de las dos obras en el programa dudo que lo hubiese hecho por la Incompleta de Schubert, pero así resultó ser, salvo en lo que respecta a momentos concretos del Mahler, de una interpretación orquestal espléndida. Bernard Haitink sonó en Schubert mucho más Furtwängleriano de lo que nunca le he escuchado; un considerable contraste en relación a su reciente Beethoven. La entrada de los cellos al inicio del primer movimiento fue un Bruckneriano de profundis, al que inmediatamente le siguió un exuberante Schubert, especialmente en lo que respecta al viento-madera. Situando los cellos a su derecha Haitink consiguió que el diálogo entre los violines –en muchos casos primeros y segundos conjuntamente– y los cellos pudiese resonar plenamente; decisión muy instructiva, especialmente para aquellos que dogmáticamente defienden otro tipo de disposición. Hubo tres momentos en los que el viento-madera y las trompas de la LSO aportaron un color mágico que en cierto modo miraba hacia el futuro –por supuesto no muy lejano– de Mendelssohn, pero también hacia Bruckner, y más en concreto al Bruckner de Furtwängler, el cual retornó en el desarrollo en forma de amenazadoras ondas sonoras –trío de trombones incluido- construidas para expresar una gran angst, por no hablar del truncado clímax del desarrollo requerido por la recapitulación. Haitink demostró un absoluto dominio formal a lo largo de toda la obra, por ejemplo en la forma en que el segundo tema sonó –en su nueva tonalidad- totalmente diferente en la recapitulación con respecto a su primera aparición en la reexposición. Y por si fuera poco los músicos de la LSO se dejaron la piel, muy especialmente en la bellísima, desolada coda. Se palpaba en la sala un auténtico terror, una tragedia verdadera.
El Segundo y final movimiento desplegó una vez más la magia del viento-madera y de las trompas a la cual respondieron las cuerdas con gravedad combinada con innegable atractivo; el aliento rústico seguía estando presente. A continuación el sigiloso segundo tema hizo su aparición, aunque para ser al momento intimidado por el asalto de toda la orquesta, embate que marca el subsiguiente desarrollo. El conflicto entre los dos modos expresivos es totalmente insolventable –auténticamente Romántico. Nuevos horizontes se podrían divisar: incluso un giro Mahleriano aunque el contexto en si mismo no fuese ciertamente mahleriano. La atmósfera del final fue de ansiosa contención: una obra incompleta, pero en más de un sentido.
En el Das Lied von der Erde Haitink y la LSO se encontraron tristemente desasistidos por los solistas vocales. Anthony Dean Griffey fue un sustituto de ultimo minuto para el indispuesto Robert Gambill. Me temo que, aunque las circunstancias no eran las apropiadas, no estuvo a la altura de las extraordinarias demandas de Mahler, sin duda desproporcionadas en si mismas. Cantando con un fuerte y omnipresente vibrato, su tono era uniformemente monótono, en muchos casos forzado, especialmente durante el Von der Jugend, pero también en más pasajes. Tal vez para compensar la falta de expresividad vocal “actuó” demasiado; distrayendo en muchos casos su exagerada expresión facial. Hubo ocasiones en las que -por ejemplo el verso inicial de Der Trunkene im Frühling- gritó más que cantó. Hubiese esperado más de Christianne Stotijn pero ella fue probablemente la mayor decepción. Su entonación resultó vacilante a lo largo del primer número, Der Einsame im Herbst, pero no sólo en él. La penúltima estrofa de Von der Schönheit lindó peligrosamente con el Sprechgesang, un efecto que no me gustaría volver a escuchar. A menudo sonó como una soprano lírica, careciendo de la profundidad de su mezzo, aunque la interpretación mejoró ligeramente, sólo un ápice, en el Der Abschied. En él parecía sentirse más cómoda en los pasajes narrativos. Con todo el acervo de grandes versiones en la memoria, ésta supo a poco, incluso en sus mejores momentos.
Lo citado tristemente eclipsó -o en el mejor de los casos mermó- una magnífica intervención orquestal. El vigoroso arranque orquestal de Das Trinklied vom Jammer der Erde me cogió por sorpresa, con un metal en el límite de la desafinación, pero pleno de la vida que en breve sería denegada. La dulzura y la riqueza de las cuerdas harían inmediatamente aparición. La encantadora fusión por parte de la madera de lo austriaco y lo chinés en el inicio del Von der Jugend creo una atmósfera impecable; ¡que pena que la contribución vocal no hubiese sido mas distinguida! En el Von der Schönheit, director y orquesta se mostraron muy cuidadosos con los constantes giros y cambios de color, apuntando de la forma mas reveladora hacia Webern. El pájaro realmente canto en todos sus registros en Der Trunkene im Frühling antes de que la más terrible oscuridad descendiera sobre la tierra para la gran despedida. La introducción orquestal a Der Abschied fue en su desolación incluso más allá de lo que habíamos escuchado en Schubert, mientras el “interludio” –¡el término resulta tan insuficiente!– siguiendo a las palabras ‘O Schönheit, o ewigen Liebens, Lebens trunk’ne Welt,’ realmente representó una verdadera llamada del destino. Fue en este momento cuando, quizás más que en ningún otro, deseé que Haitink estuviese dirigiendo una sinfonía más que un ciclo de canciones por que una paradójica consecuencia del pobre elenco vocal fue que el Das Lied sonó menos -no más- sinfónico de lo que debería. Los compases finales fueron exultantes, aterradores en su estatismo, poco más le podía haber pedido a la orquesta en esas circunstancias.
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