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CONCIERTOS | CRÍTICAS DE CONCIERTOS
LONDON · 26/SEPTIEMBRE/2009 · ROYAL FESTIVAL HALL

MARK BERRY

Vladimir Jurowski
2ª SINFONÍA "AUFERSTEHUNG"
ADRIANA KUCEROVÁ
CRISTIANNE STOTJIN
LONDON PHILHARMONIC CHOIR
LONDON PHILHARMONIC ORCHESTRA
VLADIMIR JUROWSKI

(+ KURTÁG / STELE OP.33)

No ha sido esta la primera vez en que Stele de Kurtág y la Segunda Sinfonía de Mahler han sido reunidas en un mismo programa, pues resulta especialmente atractivo el vincular la conmemorativa Stele y con la reflexión mahleriana sobre la resurrección. Por otra parte, los amplios medios orquestales comunes a ambas obras –debe ser uno de los pocos casos en que parte de los músicos han de abandonar el escenario antes de tocarse una sinfonía de Mahler- hacen práctica y sobre todo económica la programación conjunta de estas dos obras. Michael Gielen en su grabación en Hänssler ofrece ambas obras junto con Kol Nidrei de Schoenberg. Pero lo cierto es que la sinfonía mahleriana es habitualmente interpretada en solitario, por tanto el programa no dejaba de constituir una cierta novedad.

Stele gozó de una excelente interpretación. Escrita para la Filarmónica de Berlín en la etapa con Kurtág como compositor en residencia, la Filarmónica de Londres estuvo sin duda a la altura del reto, de la misma manera que Vladimir Jurowski estuvo a la altura de Claudio Abbado. La expansión del arranque, con la tonalidad inicial de sol mayor disipándose en su subversión microtonal, resultó de lo más expectante. Éste condujo al bello plañido del viento el cual me recordó otro memorial, el del Concierto para violin de Berg, y en particular el coral bachiano que éste cita, pero también me evocó un espíritu anterior, también arcaico, el del mundo griego del cual la pieza toma su título. La solista de flauta invitado Mattia Petrilli, tanto en esta obra como en Mahler tocó de forma extraordinaria. En la subsiguiente histeria orquestal controlada se hace por fin evidente la dimension de la orquesta, sin embargo Jurowksi se encargó de que perviviese un sutil sentido del ritmo, incluso en los pasajes más estáticos. Al final dela obra los esbozos –probablemente más que esbozos– de lo que sería un cortejo fúnebre sonaron como si fuesen obra del propio Mahler.

La rendición de Jurowski de la sinfonía mahleriana fue de lo más atípica. Este director no ha abordado, al menos en Londes, mucha música de Mahler, pero en seguida se hizo evidente que se había enfrentado a este concierto con la máxima concentración. No estoy del todo seguro si las distintas partes de la obra se integraron en un todo coherente, pero de lo que no me cupo ninguna duda es de que estábamos ante un director que tenía algo que decir sobre el compositor y su obra. Afortunadamente no era otra Segunda de Mahler, pues en estos tiempos en que esta obra es sin duda sobre-interpretada necesitamos más que nunca una razón de peso para interpretarla (aparte del llenar una sala de conciertos, lo cual salvo muy mala fortuna previsiblemente sucede con la Resurrección).

Jurowski abrió la obra con una entrada bouleziana ¡pero a un ritmo mucho más vivo! de hecho no creo haber escuchado nunca antes esta música a un tempo tan rápido. El metal en ocasiones desafinaba ligeramente y alguna trompa soltaba alguna pifia ocasional. Sin embargo, Jurowski exhibió un oído muy cuidadoso con los matices orquestales, haciendo patentes detalles como por ejemplo frases de los contrabajos que a menudo pasan inadvertidos. La tristeza del corno ingles me recordó la canción del pastor de Tristán, mientras que los momentos de éxtasis revelaron una vinculación con Kurtág, aunque me surgió la duda de si tal vez estos momentos habían sido exagerados ligeramente precisamente con este propósito. Fue sin duda un primer movimiento descaradamente moderno, en ocasiones incluso tal vez demasiado moderno; hasta Boulez y Gielen no ignoran que al fin y al cabo esta es también una obra romántica. Posteriormente, al final del desarrollo, se generó una histeria casi bernsteiniana, magníficamente realizada por la orquesta pero: ¿era realmente coherente con lo que había pasado previamente? En su conjunto el movimiento resultó ligeramente fragmentario, especialmente con la llegada de la recapitulación, probablemente debido al aceleradísimo tiempo inicial. El portamento en el segundo tema era en si mismo bello, pero en semejante contexto sonaba un tanto forzado. Quizás Jurowski nos estaba dando a entender que ese tipo de contradicciones son la esencia de Mahler; ciertamente esa era la impresión que extraje del global de la obra.

En algo le estoy extremadamente agradecido a Jurowky: silenció contundentemente el estúpido aplauso que estalló al final del movimiento. No se respetó el largo silencio que Mahler estableció entre éste y el segundo movimiento, pero nunca he asistido a ninguna interpretación en que esto se cumpla. Quizás es algo simplemente impracticable. En su lugar la entrada de los solistas y del coro se acompañó de un aluvión de toses y comentarios.

El Andante moderato fue mucho más lento que el más lento que yo recuerde haber escuchado –y lo mismo sucedió a los que estaban en la sala conmigo-. Era un tiempo apropiado para un minueto y probablemente más afín a lo que es un movimiento lento de lo que usualmente se hace. Resultó encantadoramente nostálgica la calidez de las cuerdas, especialmente en la sección de los cellos, que desde luego contrastada con la gelidez del primer movimiento. Las secciones en modo menor de los tríos fueron rítmicamente incisivas –nuevamente ecos de Kurtág– aunque quizás el ritmo subyacente resultaba demasiado patente. A un tiempo tan estático el efecto de los pasajes en pizzicato fue glacial, con el arpa muy atinada e infrecuentemente muy presente. Disfruté del movimiento aunque este fuese decididamente no-tradicional o mejor dicho anti-tradicional.

Fue todo un placer la forma en que el redoble del tambor impuso silencio a los tosedores recurrentes. En manos de Jurowski este movimiento fue uan sárdonica danse macabre, el auténtico “caldo de brujas” del cual el propio Mahler habló en una ocasión. El trio fue estridente, casi vulgar; no hubo desde luego ningún intento de moderar su rusticidad. Al contrario, subrayarla no hizo más que aumentar la banalidad del sonido. Podía casi identificarse a los pueblerinos bailando. De nuevo me encontraba pensando que detrás de la concepción de Jurowski podría estar el dar cabida a todo el mundo, al fin y al cabo es bien conocido como el compositor le expresó a Sibelius que la sinfonía debería ser un mundo. La interpretación en su conjunto recordaba –y así seguiría siendo a lo largo de la misma- a un vasto poema sinfónico, como en cierto modo el Todtenfeier fue concebido. Estábamos ante una mezcla de las sinfonías Fausto y Dante de Liszt. Si bien mi preferencia se inclina por una concepción sinfónicamente más integrada, no dejaba de asombrame la nueva perspective de Jurowsky en una obra que tan bien conocía.

El Urlicht fue quizás demasiado “distinto” en su concepción. Careció del intimismo que personalmente pienso que necesita, presentándonoslo Jurowsky como una expresión simple, casi rústica, del más allá. Christianne Stotijn, ayudada por una magnífica dicción, aportó un mimo hacia el texto propio de un cantante de Lieder. La dimension especial del final fue presagiada gracias al grupo de instrumentistas de viento que situados por encima de la plataforma orquestal respondieron a la imploración inicial “O Röschen rot!

Con el estallido sonoro del final regresamos al modernismo del primer movimiento. Una vez más, hubo una insistencia rítmica, pero no siempre esto revertía positivamente en la línea global. La banda situada fuera del escenario inicialmente marchaba mínimamente por delante de sus compañeros en escena –al menos eso noté desde donde yo me sentaba- pero Jurowski en seguida lo solventó. Este movimiento recibió una interpretación descaradamente pictórica, casi cinematográfica. Una vez más me podía imaginar a los personajes, en esta ocasión miembros y miembras de una procesión ¡incluso escuchaba perfectamente sus lloros! La dimensión espacial fue tremendamente realzada con las llamadas de la trompeta final desde varias zonas del más allá. Aun más, la aportación coral fue magnífica, tanto en dicción como en riqueza de tono. “Sterben werd’ ich, um zu Leben!” (“Moriré para vivir”) y el “Aufersteh’n”: la convicción de que retornaríamos a la vida hizo que me recorriera un cosquilleo. Se me hizo evidente una vez más cuan grandiosa es esta música. Mientras las campanas redoblaban –y bien que redoblaron- pudimos escuchar si no ver -al menos esta vez- lo que nos aguarda más allá de este mundo.

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Royal Festival Hall

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