A la vista de la intensidad y de la calidez de los aplausos que coronaron este concierto me da la impresión de que la reacción de la mayor parte del público fue mucho más entusiasta que la mía. Curiosamente el final del concierto se convirtió en una oportunidad para que una pequeña pero ruidosa minoría se dedicase a toser, hablar o incluso en algunos casos hacer sonar sus aparatos electrónicos. Y aun así debo sentirme agradecido... pues la actitud del público siempre es susceptible de ir a peor.
El primer concierto de Mendelssohn fue interpretado excepcionalmente bien por Saleem Abboud Askar. A este pianista pude escucharle por vez primera el año 2006, en el concierto para dos pianos de Mozart con ni más ni menos que la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Riccardo Muti. En este reencuentro Askar me ha resultado igual de impresionante. Dotado de un sonido resplandeciente, no muy alejado del de un Murray Perahia, Askar imprimió una belleza mozartiana a la parte pianística, pero al mismo tiempo y en la dirección cronológica opuesta nos insinuó el mundo de Schumann y Brahms. La Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig bajo la dirección de Riccardo Chailly realizó una ejecución suficientemente buena, llegando incluso en ocasiones –y en el caso del viento madera- a ser mágica. Pero lo cierto es que la desenvoltura con la que la orquesta se manejaba en este repertorio con Kurt Masur y a menudo con Herbert Blomstedt no resultó especialmente ostensible. Algunas de las indicaciones de Chailly en el primer movimiento me parecieron demasiado incisivas, aunque sí es cierto que en más de una ocasión mostró una actitud mucho más relajada. Por otra parte me temo que no me puedo sentir especialmente entusiasmado con la obra en sí. Ésta tiene sus momentos; incluso el movimiento lento es más que sólo momentos. Pero mi reacción ante la música se convirtió en un desear que Askar hubiese interpretado un Mozart, Beethoven, Schumann, o un Brahms. Incluso aquellos pasajes más próximos a la inspiradísima magia del Sueño de una Noche de Verano lo único que conseguían era poner de relieve las carencias de la obra. No es que haya necesariamente que desdeñar lo “mono” pero lo cierto es que esta obra está llena de notas redundantes. Es un concierto suficientemente agradable y desde luego más sustancial que cualquier cosa escrita por un Hummel –compositor incomprensiblemente de moda en la época- pero poco más que eso. Quizás una de las perversas desventajas de los aniversarios es que estos hacen evidentes en muchos casos el inmenso golfo que separa a las obras buenas y grandes de un compositor del resto de su producción ¡Si al menos hubiésemos podido escuchar más Haydn...!
La Décima Sinfonía de Mahler, tal como la editó Deryck Cooke –si se me permite a efectos prácticos la simplificación pues el proceso es mucho más complejo que una simple edición- creo que fue la segunda interpretación de una sinfonía mahleriana que escuché en vivo. En concreto se trataba de la Orquesta Nacional de Gales de la BBC bajo la dirección de Mark Wigglesworth, y a la vez fue el segundo concierto de los Proms al que asistí en directo. Es habitual idealizar estas experiencias tempranas. Sin embargo en este caso el hecho es que no sólo el concierto fue un shock alucinante sino que el escuchar posteriormente la grabación de la BBC no mermó en lo más mínimo mi entusiasmo. La orquesta galesa no es tal vez la de un sonido más brillante del mundo y por supuesto carece del pedigrí de la de Leipzig –aunque ¿es este pedigrí de Leipzig lo más apropiado en Mahler?– pero la dirección de Wigglesworth es clara, dramática y constituye una buena demostración de las virtudes de la edición /compleción/ o como se quiera llamar. Sin embargo esta nueva Décima en los Proms me ha resultado mucho menos convincente, y no sólo eso, por encima ha despertado en mi mayores dudas acerca de la bondad de la edición de Cooke. Teóricamente se podría suponer que una gran interpretación va a poner más fácilmente de relieve las flaquezas de una edición –me viene a la cabeza por ejemplo Boulez y sus dudas acerca de Schoenberg– pero no creo que esto fuese lo que sucedió. En cualquier caso, un intérprete debería usualmente considerarse, salvo escasas y famosas excepciones, el mejor abogado defensor de una obra.
En primer lugar; la impresión que transmitió la interpretación fue la de resultar excesivamente dilatada. Si efectivamente ésta era la realidad lo desconozco pues, para bien o para mal no soy de esos oyentes proclives a registrar los tiempos. No soy desde luego alérgico a las interpretaciones lentas y expansivas de ningún tipo de repertorio, pero es otra historia cuando la música se desarrolla como si nunca llegase el final; algo a lo que se me acercó muchísimo el Adagio inicial. Parte del problema lo encontré en la tendencia de Chailly a remarcar excesivamente los finales de las frases y de las secciones. Las cesuras son parte integral del estilo de Mahler; de hecho en las manos adecuadas pueden ser perfectamente realizadas sin que el discurso global se resienta, pero aquí sin embargo estábamos ante una extraña –paradójica de hecho- fusión de levedad con una falta de fluidez. Se sucedían de forma continua pausas y acometidas. Como comparación sirva la interpretación de Valdimir Jurowsky del pasado año en la que el Adagio había sido ciertamente expansivo, probablemente durando más que éste de Chailly, pero fue tal la intensidad dramática y la ausencia de fisuras de principio a fin, que personalmente había lamentado que la música no se prolongase todavía más en el tiempo.
Otro problema radicó en el sonido de la orquesta, o más bien el de la cuerda la cual simplemente no sonaba adecuada para Mahler. Quizás no sea una casualidad que admire enormemente la Cuarta Sinfonía de Brahms que Chailly y esta misma orquesta ofrecieron en los Proms hace un par de años, por que eso fue exactamente lo que esta interpretación me evocó. Eché desde luego en falta la dulzura vienesa en la cuerda o al menos algún sustitutivo apropiado. La densidad orquestal no resultaba la adecuada, o al menos como el tipo apropiado de densidad. De alguna manera Daniel Barenboim consiguió acertar en este aspecto en su interpretación de la Séptima Sinfonía con la Staatskapelle Berlin en el 2007. Todavía no tengo muy claro como lo consiguió pero en cualquier caso fue algo puntual pues por ejemplo con la Quinta no consiguió ese mismo efecto. Hay que tener en cuenta que las cuerdas de Berlín son de un sonido más pleno que las de Leipzig. En este punto me queda la duda de si quizás el problema esté simplemente en el viejo enemigo del Royal Albert Hall, la acústica de la sala. Barenboim al fin y al cabo contaba con la Philharmonie...
Otro aspecto a mi juicio errado en la interpretación fue la ausencia de una malévola oscuridad en el primer Scherzo. Sin embargo y en este sentido debería citar que David Matthews en sus excelentes notas al programa -muy distintas a lo que ha sido la contribución habitual a los Proms de este año- comenta que Mahler desde la 5ª Sinfonía no había escrito un Scherzo tan desprovisto de malicia como éste. Al margen de esta autorizada referencia, mi problema con este primer Scherzo es que me sonaba muy similar al de la Quinta Sinfonía– y eso me resulta bastante incomprensible. Pero más preocupante que esto, las texturas especialmente durante los scherzi a veces sonaban como si se diluyesen. Por supuesto estrictamente hablando esto es así –pero salvo que se pretenda una crítica hacia Cooke y los hermanos Matthews estamos ante algo que no debería ser advertido. Por otra parte, la interpretación del viento madera fue sencillamente extraordinaria en todos los movimientos. La alternancia de una pureza gélida –Weberniana- con una calidez pastoral en el Purgatorio fue manifiestamente convincente. Así entiendo que debería sonar el Purgatorio: como una tonificante purificación, tal cual Webern. Los tres clarinetes en el movimiento final sonaron especialmente atinados evocando la Harmoniemusik mozartiana y el coral del concierto para violín de Berg. Este movimiento y el Purgatorio me resultaron lo más convincente de la obra, siendo mención obligada en el final la superlativa contribución de la percusión en su inicio.
Conscientemente he escrito en primera persona ya que he plasmado mi reacción personal que no sólo fue claramente distinta a la de una buena parte del público sino que además esta reacción se corresponde a una aproximación y comprensión de la obra de Mahler bien distinta. Cuando la música sonó en el umbral de la Segunda Escuela de Viena, especialmente Webern, me sentí especialmente cautivado, pero en amplios pasajes el resultado no sólo me pareció post-romántico sino incluso de un post-romanticismo totalmente inadecuado. Con Barenboim, aunque resultase ajeno a la partitura, un sorprendente vínculo con Brahms había funcionado en la Séptima Sinfonía. Este no fue el caso. Mientras hubo muchos aspectos de mérito en la interpretación la impresión final fue de serias reservas sobre la globalidad de la interpretación excepto en el tan problemático ¿necesario?– tema de las dudas generadas por la edición. Creo que me será conveniente y positivo el volver sobre algunas de las ediciones alternativas.
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